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Guillermo Sagbay Márquez
Saramago en sus “Cuadernos” discurre sobre los políticos e insiste en describir a algunos como de “inteligencia mediocre, ignorancia abisal, expresión confusa y, permanentemente, atraído por la irresistible tentación del puro disparate. Los compara con los robots de la era virtual, programados para mentir… “el sabe que miente, sabe que nosotros sabemos que está mintiendo, pero, por pertenecer al tipo de comportamiento de mentiroso compulsivo, seguirá mintiendo aunque tenga delante de los ojos la más desnuda de las verdades, seguirá mintiendo incluso después de que la verdad le haya reventado ante la cara. Como mentiroso emérito es el corifeo de todos esos otros mentirosos que lo han rodeado, aplaudido y servido durante los últimos años”.
Los mentirosos expulsan la verdad del mundo para en su lugar hacer fructificar la edad de la mentira. La sociedad actual está contaminada de mentira como la peor de las contaminaciones morales… la mentira circula impunemente por todas partes, se ha convertido en una especie de otra verdad. “La política es el arte de no decir la verdad afirmaba un ministro portugués”. Esta puede ser genética o adquirida, si tiene su génesis en el interés mediático-corrupto, psicológico-compulsivo de timar, de atragantarse con el dinero del pueblo afirmando que el fin justifica los medios, con la mascarada del esbirrismo conceptual, para llenar sus famélicos bolsillos, estamos en el caso de la adquirida. Genitivo si hubo transmisión consanguínea. El estribillo de las mentiras no queda únicamente en el subjetivismo estéril, sino que se materializan en el engaño, para convertirse en dardos venenosos dirigibles a la obtención del dinero fácil, trastocando el interés del Estado, de tener en sus andariveles con el concurso ético-moral previsto en la constitución, hombres honestos en la función pública que personifiquen estereotipos de justicia oportuna. Estamos en un período de decadencia amoral atorrante y bárbara, con omnipresencia perversa, ideología perniciosa, política oportunista, mezquina, desprovista de ideales, aderezado a la globalización. Bien afirmaba un ex presidente: “No hay democracia en la que exista pensamiento único, en donde quien discrepa es ofendido, injuriado, calumniado y perseguido. Eso no es democracia. Todos tenemos derecho a pensar. Si los homosexuales tienen derecho a disfrutar de su sexualidad, cómo no vamos a tener derecho los ecuatorianos a pensar diferente de cómo piensa el gobierno”. Esto es preocupante, nadie respeta las leyes: el Presidente, la Asamblea, los órganos de control, los operadores de justicia. Entonces ¿para qué la Constitución? Bien dijo alguien que en este país un indio nunca ha ganado un juicio, porque se entramparon en la protección de las clases más pudientes. El informe del Relator Especial de la ONU señala que el uno por ciento de los casos de muerte recibe sentencia. Hemos pasado por cientistas, estudiosos de Harvard y Lovaina, abogados, médicos, ingenieros, empresarios, comerciantes y nada es nada. Joseph E. Estiglitz, Premio Nobel de Economía, señala que “las fuerzas políticas en vías de desarrollo que conducen a la corrupción persistente y élites atrincheradas que usan la riqueza de los recursos naturales para aumentar su propia riqueza no desaparecerán simplemente mostrando las consecuencias de sus acciones o su falta de base moral… lo que manda es el dinero… Hace mucho tiempo que se ha reconocido que la transparencia es uno de los mejores antídotos contra la corrupción, como dice la expresión “El sol es el mejor antiséptico”, para que los ciudadanos consigan detener la corrupción, tienen que saber que está sucediendo. Las leyes que garantizan el derecho de los ciudadanos a saber (como las leyes de libertad de información…) son necesarias para promover democracia y responsabilidad significativas”.
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