Quo vadis

P. Milko René Torres Ordóñez

He disfrutado, en estos días del encuentro con Henryk Sienkiewicz, Premio Nobel en 1905, con su obra narrativa Quo Vadis. Es el drama de su Polonia natal.

El pensamiento de este autor ilumina al lector con una proclama de libertad para su patria, para la humanidad. Quo Vadis, inspirada en la antigua Roma, en la persecución de los primeros cristianos por parte de Nerón. Su narrativa nos envuelve con el eco de su alegato contra los desbordes del poder. “Así pasó Nerón sobre esta tierra, arrancando como el huracán, destruyendo como el fuego y sembrando el luto y el dolor como la guerra y la muerte. En cambio, la Basílica de San Pedro, hoy todavía, desde las alturas del Vaticano domina la ciudad y el mundo. Junto a la antigua puerta Capena se encuentra aún una capilla en la que se lee esta inscripción, casi borrada por el tiempo: Quo vadis, Domine? A dónde vas, Señor? Impresiona la fuerza literaria de esta pregunta, universalmente valiosa para todo tiempo y lugar.

El poder, si no está en función del servicio, genera esclavitud, valor contrapuesto a la libertad y a la dignidad. De san Ignacio de Loyola emerge esta regla de oro, espiritual, necesaria para su aplicación en este tiempo: En todo amar y servir. Estamos en el umbral de la esperanza, reflexionando en una de las frases célebres de Juan Pablo II, abriendo la ventana para respirar aires nuevos. Somos testigos de una hecatombe mundial, una guerra biológica, con armas químicas. Con la eficacia letal de un microorganismo, manipulable, manipulador, implacable, mercenario, llamado coronavirus. En la esperanza de vivir en una nueva era. Todos hablamos de una nueva normalidad. Quo imus? A dónde vamos? Es muy común relacionarnos con todo tipo de personas que utilizan la mascarilla. Es necesaria. Indispensable. Con ella vivimos, al menos por un tiempo, con la esperanza de sentirnos menos propensos al contagio. También, con la impotencia, del horrendo juego del uso y abuso de los fondos públicos de los más pobres. Maquiavelismo puro, perverso. Escucho expresiones como esta: “La gente, de a pie, sobrevive, porque debe hacerlo. Poco le preocupa, ahora, morir”. Todos queremos morir con dignidad. Muchos seres vulnerables no ejercieron ese derecho. Vivimos para contarlo. Sin embargo, la vida continúa. Somos sobrevivientes en un tiempo de holocausto. Ninguna guerra es justa, ni santa. Al igual que el Emperador de Roma, megalómano y sanguinario, muchos tiranos pasarán sembrando luto, dolor, guerra, muerte. Abrimos la ventana de la esperanza para escuchar a Jesús de Nazaret, quien pasó haciendo el bien, con la serenidad, también con el poder de su palabra. Resuenan las palabras de Pedro: Señor, a quién iremos? Tú, tienes palabras de vida eterna (Jn. 6, 68). Necesitamos el testimonio de alguien que nos lleve por la senda segura. Jesús continúa con nosotros su viaje de peregrino. Luz que ilumina cada mañana.