La lectura y la escritura son microcosmos de conciencia humana

Galo Guerrero-Jiménez

Creer en algo significa poder emprender en ese algo en el que uno cree, porque sabe que desde la razón y la emoción más sentidas es posible un conexión significativa de experiencias personales por medio de esas creencias que tienen que ser significativas para que haya la voluntad de emprenderlas con decisión y en congruencia con nuestras convicciones y valores que nos enseñan a percibir esa realidad de la mejor manera posible y en consonancia con lo que queremos lograr para que nuestro entorno sea más vivible, más armónico, más saludable.

Eso sucede con la lectura y la escritura, es decir, con la educación y la cultura que son inherentes a nuestra condición humana; solo que hay que creer, en efecto, que estas dos circunstancias altamente cognitivas se conviertan en una realidad fenomenológica en relación con el proceso de aprendizaje que vamos logrando paulatinamente y de manera axiológica hasta que el contexto de la lectura y de la escritura sean experimentados como un auténtico fenómeno de reflexión en profundidad personal para que fluya la interpretación hermenéutica del fenómeno lector y/o de escritura.

Si es así, la lectura y la escritura tienen una razón de ser porque se llega a creer en algo que es útil para la armonía de la vida, incluso para esa búsqueda de la felicidad humana tan anhelada a través de una formación que, en efecto, tenga sentido de pleitesía estética, humanística y/o científica; todo depende de los ideales que desde las creencias de esa cultura personal se va adquiriendo días tras día. “Entonces, lo que cuenta es ser lectores-en el soporte que soporte- de un buen texto, donde lo que sobresale es su ‘calidad espiritual’, contenida y también consolidada por su formato” (Bialet, 2018).

En este orden de creencias, de formación y de la calidad antropológico-simbólico-contextual que cada lector respira en cada lectura, aflora en algún momento el interés personal por la investigación cualitativa, es decir, hermenéutica y de calidad espiritual, la cual “está vinculada con la intersubjetividad del conocimiento, la cual entrelaza hechos y valores (…) a través del diálogo entre múltiples discursos en distintas fuentes como documentos, teorías, estados del arte y la validación de las voces de aquellos que están involucrados con el fenómeno de estudio (…). La investigación cualitativa no busca confirmar hipótesis, sino que busca generar preguntas de investigación que den cuenta de la intención de lograr una comprensión profunda. El descubrimiento de patrones en los datos permite la descripción, interpretación y análisis de significados subjetivos al recurrir a la perspectiva émica” (Rojas Molina, 2019), es decir, de circunstancias altamente significativas que consciente o inconscientemente van dejando una huella de paradigmas cualitativo-fenomenológicos que, luego, en la práctica y en el contexto ya no solo personal, sino social, es decir, en esa búsqueda de la otredad y del culto dúlico para educar, tal como sucede en la relación maestro-alumno o padre-madre-hijo, sea factible, por ejemplo, desde el ámbito lingüístico-literario, darnos cuenta que “cada niño merece un cuento, una historia, miles de poemas… Y que cada palabra, cada herramienta o soporte que las cobije son solo objetos que posibilitan potenciarlas, intercambiarlas, distribuirlas” (Bialet, 2018), de manera que cada ciudadano lector pueda validar íntima y conceptualmente cada porción de realidad con la que se topa en su circunstancia contextual, con sus deseos y esperanzas, pero, sobre todo, para que desde sus particulares creencias fenomenológicas tenga la feliz iniciativa de pensar que “cada palabra es un microcosmos de conciencia humana, y trasformada en arte un patrimonio” (Bialet) personal que vale la pena conservarlo y seguir alimentándolo axiológicamente desde cada proceso lector.