Alerta roja para la humanidad

En el primer libro sagrado, al finalizar el relato de la creación divina en 7 días, se lee que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y le otorgó potestad para crecer, multiplicarse y dominad la tierra. Hasta allí muy bien, porque todo lo que había sido creado era muy bueno.

Los días del paraíso fraterno de Adán y Eva que, según el relato sagrado, convivían en obediencia, armonía y total libertad terminó cuando el hombre y la mujer “desobedecieron”, que no es otra cosa, “que querer ser como dios” y terminaron por descubrirse que estaban desnudos, entonces, empezó el caos, la soberbia, la envidia, el deseo de poder y un largo etcétera, que la lucha entre lo bueno y lo malo persisten con más fuerza.

La ONU, el 21 de agosto pasado proclamó a los cuatro vientos “alerta mundial para la humanidad por el cambio climático”, cambio, `por supuesto, que no es novedad, sino que el mismo viene sucediéndose desde el albores de la modernidad, con el desarrollo industrial y por consiguiente la profundización de un modelo de vida sostenido en el capital, el mercado, la tecnología, la explotación de la tierra y sus consecuencias expresadas en el profundo deterioro ambiental, contaminación del agua, destrucción de bosques, efecto invernadero, cambio climático y sobre todo destrucción de la vida en sus distintas expresiones.

El panel de Naciones Unidas sobre el cambio climático advirtió al mundo “que el calentamiento global está cerca de salirse de control y que la culpa la tiene «sin duda» el ser humano”, no se equivoca, al afirmarlo, pues, desde la antigüedad la famosa ley de Talión “ojo por ojo, diente por diente” es vigente en “el hombre lobo del propio hombre”. Empezamos a destruirnos así mismos por la ambición, la codicia, el deseo de poder y ser más que el otro.

La ONU, sin embargo, pasa factura al generalizar “ser humano”, cuando en realidad se debe identificar a los “seres humanos” responsables de la administración de los bienes tangibles e intangibles que son de todos, me refiero a los gobernantes de turno, que, con su falta de conciencia, bajo nivel de compromiso y preocupados en el desarrollismo emiten políticas públicas atentatorias al ser humano y a la naturaleza. Privilegiar el progreso económico y del mercado es desmarcarse de una política humana y ecológica integral.

En medio de esta historia de desastre humano y ecológico, resalto tres propuestas. La primera, la de Jesús, que llamó a “amarse unos a otros como hermanos”. La segunda, la de Francisco de Asís, el único y verdadero hermano menor que llamó a todos los seres, aún los más insignificantes hermanos y hermanas y que era incapaz de hacer daño a nadie. La tercera, actual, la del Papa Francisco que convoca a una conversión ecológica integral.

Qué bien nos haría en estos tiempos de alerta roja, revisarnos a nosotros mismo y preguntarnos ¿qué estoy haciendo yo por mi casa común?, y quizá nos respondamos que nada, porque, precisamente, el confort es mejor que el compromiso.