La acción de leer desde el estímulo adecuado

Galo Guerrero-Jiménez

Una misma experiencia de lenguaje actúa de manera distinta en cada cerebro y, por lo tanto, tiene efectos muy particulares de carácter fenomenológico, axiológico, estético y metalingüísticos en cada lector. Cada uno toma conciencia de esa realidad textual de conformidad con su contexto de vida educativo-socio-cultural a través del cerebro y del organismo que son los que generan pensamientos para percibir de manera única una realidad específica tanto de lo literal que contiene el texto leído cuanto de las ideas que puede inferir y, si es posible, llegar a reflexionarlas críticamente hasta darles un valor específico.

Por lo tanto, desde la escritura aparece una forma de comunicación exclusiva en cada lector, bien para estudiar un tema determinado, o para informarse de un asunto que el lector desea conocerlo quizá a profundidad, o simplemente para disfrutar, para emocionarse o, como sostienen algunos, para pasar el tiempo y comprobar qué es lo que les ocurre mientras avanzan descansada y entretenidamente, a su manera, en cada pasaje que la vista y el cerebro lo procesa  para “tratar de ser simplemente felices al leer aquello que nos gusta y de lo que no tenemos que entregarle cuentas a nadie” (Argüelles, 2017), según ciertos lectores desapasionados o quizá muy apasionados por su forma tan peculiar para leer así.

En tal sentido, hay infinidad de conductas que nos aproximan al texto desde múltiples ópticas de comportamiento, unas para aprender a crecer como personas bien formadas e informadas para enfrentar el mundo con una mentalidad profundamente humanística; o como dice Argüelles: “Lectores hay, ávidos, eruditos, infatigables, cuyas virtudes humanísticas son nulas o por lo menos dudosas. (…) ¿De qué nos sirve leer aquello que creemos que queremos, o que debemos leer? Leer para acumular lecturas puede conducirnos perfectamente al hastío y a la esterilidad. En cambio, leer algunos libros que realmente enriquezcan nuestra existencia puede aportarle a la acción de leer una dimensión infinitamente superior que la de la erudición disciplinada y muchas veces dictada por la malhumorada obligación” (2017), que es característica casi en todos los niveles de la educación formal y de la familia, dado que no ha sido aún posible para que maestros, alumnos y padres de familia, aprendan a leer por su cuenta, con plena voluntad y con el mejor entusiasmo.

En fin, el primer paso es atreverse a leer aprovechando que somos entes alfabetizados, lo cual significa que, de alguna manera, estamos prestos para enfrentar una realidad vital no solo para crecer intelectual y emocionalmente, sino para tener las herramientas suficientes con las cuales demostrar nuestra más genuina humanidad dentro del marco de democracia y libertad que propone Argüelles: “(…) esto es algo que cada quien tiene derecho a responder como mejor le plazca o como más le convenga. No seremos nosotros los que habremos de decirle qué es mejor. Que cada quien viva y lea cuanto quiera y como quiera” (2017).

En todo caso, la vitalidad que el lenguaje tiene para vivir nuestra humanidad, no debe ser nunca en desmedro de la persona; pues, el habla, el ritmo, la escucha y la lectoescritura no son más que herramientas mentales debidamente estructuradas para aprender a vivir en armonía con la naturaleza, sin subestimarnos, puesto que, “disponemos de un cerebro universal y no solo para el lenguaje o temas morales, tan solo necesitamos el estímulo adecuado y, ese estímulo, viene de dentro” (Del Rosario, 2019), en especial de nuestro dispositivo espiritual, puesto que ahí reside el poder más íntimo de nuestros genes para emprender con entusiasmo en un asunto previamente validado por nuestra conciencia, tal como sucede con la lectoescritura que pone en marcha nuestro metabolismo mental para que emerja un nuevo sistema de conocimiento.