Por: Sandra Beatriz Ludeña
En las últimas décadas, vivir se ha transformado en un ejercicio complejo, ya no es solo ese deseo de crecer, crear, afinar la habilidad; afirmo esto porque ahora, en este entorno donde la tecnología ha transformado nuestro ambiente de vida, la forma de valorar las cosas también ha cambiado, por esto, hay que analizar ciertos aspectos del valor que damos a las cosas, ya que de ese análisis depende cómo podamos sustentarnos en el futuro.
Si bien es cierto, desde hace años venimos valorando mediante “likes”, o por seguidores y visualizaciones, es decir, por nuestra incidencia en la red. En ese contexto, ya no es tan importante un talento genuino, porque el que sea capaz de llevarse más “me gusta”, o el que cuente con más visualizaciones, podría fácilmente acabar con su competidor, así este, tenga argumentos históricos, culturales, sociales e incluso legales que pesan más que la incidencia digital.
Ese número de aprobaciones con el típico “me gusta”, o ese número de visualizaciones, o de reacciones, es en realidad un valor simbólico, rápido, emocional, que sobrepone lo más visto como lo más valioso, esquivando otra formas de valor que requieren “más tiempo” y que no son fácilmente operables, ni predecibles, menos apreciables. Sin embargo, ¿hasta dónde ese método tan simplista de dar valor por impulsos, puede garantizar que tengamos verdadera valoración o identificación?
Creo que hay que aprender a diferenciar entre lo que es un simple juego de miradas a través de pantallas (hipervisualización), que es tremendamente efímero, en donde no existe compromiso, simplemente impulso de la masa de gente y lo opuesto a estos ejercicios superficiales, que son procesos serios de valoración, donde podremos encontrar otras formas de medir el nivel de habilidad, talento, experiencia, valor cultural, entre otros aspectos particulares, que logren asegurar en realidad un genuino valor.
Recuerdo que hace una década, me presenté a un concurso para escribir historias, principalmente los relatos que presenté tenían autenticidad, eran cortos, versaban sobre temas actuales —para una sociedad necesitada de claves para vivir mejor—, tenían final feliz, para satisfacer la necesidad de realización humana y, más elementos que hacían de mis historias valorables. Sin embargo, el concurso dejó que la masa sea quién dé el valor a través reacciones virtuales, el ganador fue un influencer, que logró captar la atención de su audiencia con maniobras de comunicación.
Por lo dicho, no todo lo bueno es verdaderamente bueno, ni todo lo malo es realmente malo a la hora de valorar, pues, depende mucho de quién valora. Saquemos el jugo a este análisis y demos valor con sentido de inteligencia.
