César Augusto Correa
La demanda de matrícula en la Universidad Nacional de Loja ha crecido mientras la oferta de cupos se ha reducido drásticamente, lo que quiere decir que hoy es mucho más difícil conseguir el ingreso a la universidad que en 2017 y que es más grande el número de bachilleres que se quedan sin ingresar.
En el libro «Ecuador: Dos mundos superpuestos», publicado hace unos 65 años, por el equipo de investigadores de Inedes, encabezados por Oswaldo Hurtado, se aseguraba que de cada mil niños que nacían en el Ecuador, solo 1 llegaba a matricularse para seguir estudios universitarios; que de cada mil niños que se matriculaban en el primer grado de la escuela primaria, solamente 1 llegaba a terminar estudios superiores. Esas cifras nos dicen que llegar a la universidad y terminar los estudios era un privilegio para un porcentaje muy pequeño de la población, un privilegio del que gozaban los jóvenes pertenecientes a las familias de más alta capacidad económica. En los hechos, la universidad ecuatoriana estaba cerrada herméticamente para los pobres.
Gracias a los ingresos que dejaba la explotación petrolera se pudo crear más de 60 universidades públicas en las 4 últimas décadas del siglo XIX y por eso el privilegio se volvió menos odioso. En 2007 tuvimos que de cada cien bachilleres que se graduaron en ese año, 25 continuaron estudios superiores.
En 2008 en la Constitución de la República se estableció la gratuidad total de los estudios superiores en las universidades públicas, con lo que se disparó la demanda de matrícula y las universidades se vieron forzadas a establecer cupos, que se llenaban mediante el examen de ingreso.
En 2009 la Universidad Nacional de Loja ofreció 3.500 cupos y el número de bachilleres que se presentaron al examen de ingreso pasó de los 8.000, quedándose por lo mismo cerca de 5.000 sin cupo.
La gratuidad de la enseñanza superior y otras medidas económicas, como la abundancia de becas, sirvieron para que en 2017 de cada 100 bachilleres, 40 obtuvieran matrícula universitaria. En ese año el presupuesto de la UNL fue de 50 millones de dólares.
El presidente Lenin Moreno castigó duramente a la UNL, pues le bajó el presupuesto a 34 millones de dólares, un golpe bárbaro que obligó a suprimir unos 400 proyectos de investigación científica. Desde entonces la UNL no ha logrado recuperarse. En 2022 el presidente Lasso le propinó otro recorte de 4 millones de dólares. En 2023 se le asignó a la UNL 38 millones de dólares; en 2024 subió la asignación a 42 millones, pero todavía 8 millones menos que en 2017.
Esta política educativa neoliberal muestra hoy deplorables consecuencias: se acaba de publicar que la demanda de matrícula es superior a 15.000, mientras la oferta de cupos de la UNL ha bajado a 2.500. Si en 2009 fueron menos de 5.000 los bachilleres que no ingresaron a la UNL, este año serán unos 12.500 los que se quedarán fuera. El libre ingreso a la universidad está mucho más lejano que hace 8 años.
