UN NUEVO PENTECOSTÉS

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La floreciente comunidad cristiana, después de la resurrección del Señor, continúa con la misión encomendada, según lo cuenta San Mateo, en la parte final de su Evangelio: “Vayan por todo el mundo y anuncien la buena noticia…”. La tarea plantea desafíos y retos. Deben salir de su entorno, dejar el miedo que los condiciona y dar testimonio de vida. Hablar de Jesús, un personaje que pasó haciendo el bien, que murió en la cruz condenado por blasfemo y por llamarse Hijo de Dios, resultaba complejo, exigía valentía y una entrega incondicional.

El poder de un imperio y la adhesión a las estructuras de gobierno de parte de las autoridades judíos condicionaban su accionar. San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuenta las primeras actividades de los seguidores de Jesús. Felipe ha llegado a la ciudad de Samaria, un pueblo que evitaba cualquier contacto con el pueblo judío debido a diferencias históricas y religiosas. Jesús, narra Lucas, había caminado por este lugar. Uno de los episodios más enriquecedores de su misión ha quedado plasmado en la parábola del buen samaritano.  De igual manera, San Juan narra el encuentro de Jesús con una mujer samaritana, cuyo desarrollo y desenlace cambiaron la vida y aumentaron la fe de un pueblo que vivía alimentado por prejuicios de todo tipo. Felipe, Juan y Pedro viven en Samaria la experiencia de un nuevo Pentecostés. Al llegar, “oraron por los que se habían convertido…les impusieron las manos y ellos recibieron el Espíritu Santo”.

La misión de la Iglesia entre los pueblos paganos suscita expresiones de alegría, compromiso y fervor por el anuncio del kerigma. Sin embargo, la vida en el Espíritu va más allá de las primeras emociones. Pedro, en su primera carta, nos invita a valorar la esperanza como una virtud teológica, necesaria y práctica: “Mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”, porque Cristo “murió, una vez y para siempre, por los pecados de los hombres…para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado”. La vida en Cristo es una vida de fe. Jesús, después de cumplir con su misión en la tierra, debe volver al Padre.

Al despedirse de sus discípulos les deja un testamento de compromiso y fidelidad a la misión encomendada: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos, yo le rogaré al Padre y Él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad”. Jesús habla con caridad, pero también con claridad. El Espíritu Santo, el gran desconocido, habita en el alma de quienes creen en Jesús, que han caminado a su lado y han permanecido fieles en medio de dificultades y persecuciones. El Paráclito, protector y guía de la Iglesia, ilumina con su luz la vida oscura de quienes rechazan el plan de salvación que Dios, el Padre, les ofrece. Jesús, al despedirse, nos garantiza su compañía, tal como recuerda San Mateo: “Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el fin de los tiempos”. Jesús nos pide que aceptemos sus mandamientos, que los cumplamos, como signos de comunión y fidelidad. Nuestro mundo necesita fortalecer vínculos de fraternidad y justicia.