19 / 06 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Momento de buenos propósitos

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Me encanta esta coyuntura de buenos propósitos. Ojalá no fuese un tiempo pasajero y gobernase por entero nuestras vidas.

Sin duda, deberíamos poner en práctica, ese retorno a la humildad, al acercamiento de la gente, algo que siempre nos engrandece las vísceras. En demasiadas ocasiones, andamos excesivamente perdidos, degradados e insatisfechos. Este fruto lo propicia en parte, nuestra propia altanería, nuestro endiosamiento y nuestro orgullo.
Deberíamos ser más auténticos y transparentes, más de ese Niño que nos nace en el fondo de nuestras entrañas, más de alentarnos el espíritu unos a otros que de alimentarnos el cuerpo, pues cuando uno sacia el alma hasta el vivir se torna mucho más compasivo. En el fondo, no necesitamos nada más que sosegarnos y reencontrarnos con la autenticidad. Lo verdadero es lo que nos exige mirada pura y corazón abierto para acoger y no desechar, y así poder poblar un planeta más de todos y de nadie, con unos moradores conciliados en el amor, reconciliados consigo mismo.
Es cierto que el momento actual nos aleja de ese verbo conjugado con la luz, pero nos distancia porque nosotros así lo queremos, con nuestras incoherencias en el camino, con nuestras contradicciones de no saber escuchar, con nuestras desuniones e irracionalidades diarias. Bajo este modo de vivir y con esta manera de ser, tan egoísta, nos cargamos cualquier esperanza. Llevados por las emociones nos olvidamos de lo transcendental, de hacer un espacio en nuestro interior, de buscar una ocasión para reflexionar, porque lo importante no son las comidas y las cenas, lo significativo es que tenemos que alegrarnos con los demás, que llorar con los demás; porque, por esta común calzada, tampoco puede ir uno solo, necesita acompasar y acompañar, sentirse alguien para el otro, convivir con el otro, y hasta ser para el otro el latido que necesita, la música que le ilusiona, el hombro que le sostiene.
Pensemos que meditar es una forma de conocerse sabiamente. Y conociéndonos, creo que es una buena fórmula para poder cambiar. Sólo hay que volver al relato de ese Niño, al que nadie quiere acoger, obligado a nacer en un establo porque no había sitio en la posada. De ahí nace la inhumanidad, la deshumanización, la falta de estima por nuestra propia especie.
Por tanto, los buenos propósitos, no pueden estar ligados a una fiesta de derroches, sino a  la tarea de albergar. Los creyentes deben saber que la genuina Navidad, no es un festín más, sino que es una etapa de interiores, de crecer bajo el referente de la pobreza de Dios, que se despojó de sí mismo, tomando la naturaleza de siervo. (O).

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