23 / 10 / 2017

Archivo Loja, Ecuador

Mentalidad corrupta y mezquindad humana

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La corrupción ha estado presente en el Ecuador desde 1830, ha sido parte de cada gobierno, antes no era fácilmente percibida ni tampoco interesaba a la ciudadanía de los sectores populares, se encendía y salpicaba a las élites de los partidos políticos y de los grupos de poder económico, pero allí mismo se extinguía.


Los medios de comunicación han contribuido a que este mal sea ampliamente conocido, en estos tiempos, quizá por la campaña, junto a la inseguridad, la delincuencia y la pobreza, es tema de diálogo en los más amplios sectores de la colectividad. La preocupación por el tema de la corrupción está acompañada de un aumento en la percepción de que el mal desempeño del gobierno es un problema importante en el país.
Es bueno que este mal esté en boca de la mayoría de la población, aunque el problema es de carácter estructural también lo es ético individual, solo así la gente tomará conciencia de la magnitud del perjuicio que causa al erario nacional y a los bolsillos de los ecuatorianos, así también podrá plantear posibles soluciones y exigir sanciones a los responsables.
En el caso de Obedrecht, la corrupción llegó a cifras millonarias desplazando nuestra mirada a la podredumbre que también existe en buena parte de las instituciones públicas y privadas, donde una parte de la burocracia abusa de los ciudadanos que acudimos por algún servicio, donde, solicitar, aceptar, ofrecer, dar un bien o servicio, producto de una actuación ilegal para beneficio personal o de grupo es casi normal.
Lo cierto es que la estructura de la corrupción funciona con sus propias normas y un bien elaborado sistema de incentivos que se ofrecen por debajo de la mesa, sistema que se ha visto favorecido en primer término, por la prepotencia y el abuso de poder, por el caudillismo e individualismo, por la brecha entre la riqueza y la pobreza, por la baja calidad de los servicios institucionales, por la poca ética  y solidaridad de los hombres y mujeres que no se comprometen con los cambios sociales, con esos cambios para construir una patria soberana, equitativa y solidaria, sino con su propia mezquindad humana.
Los ciudadanos tenemos que dirigir nuestra preocupación no solo a los hechos de corrupción que cometen los servidores públicos, sino también a su mentalidad corrupta, a esa mentalidad que se fortalece con los antivalores sociales que se auto reproducen cotidianamente en toda la pirámide social. (O).

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