19 / 09 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

La tecnología en la modernidad líquida

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No es nada nuevo decir que, a partir de la década de los sesenta, la velocidad con que se han producido cambios y evolución en la generación de herramientas tecnológicas ha sido exponencialmente rápida.

Las condiciones cambian a diario y los inventos se vuelven obsoletos en un abrir y cerrar de ojos. Estamos en un tiempo en el que intentar adivinar qué pasará en el futuro es más arriesgado que antes, porque la concepción del paso del tiempo ha cambiado también, el futuro que todos soñábamos nos llegó hace rato, y el presente que vivimos es incierto.
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman acuñó el concepto modernidad líquida, para referirse a la continuación caótica de la modernidad. La rápida transición entre una época y otra. Desecha la idea de postmodernidad que ha sido planteada por otros estudiosos, por considerar que la humanidad cambia de posición de manera fluida, sea esta posición económica, social, geográfica o ideológica.
Dentro de la variedad de herramientas tecnológicas que tenemos a nuestra disposición, los dispositivos móviles y las redes sociales dominan nuestro día a día. De alguna forma se cumple lo que decía Aldous Huxley en Un mundo feliz hace más de setenta años. La humanidad necesita adaptarse a los dispositivos tecnológicos que tiene, y no la tecnología a las necesidades de los seres humanos.
Leemos, visualizamos y manipulamos información todos los días, nuestro cerebro se ha acostumbrado a organizar, jerarquizar y discriminar información de acuerdo a nuestros propios intereses. Ha encontrado la manera de adaptarse al flujo de información que se genera todos los días en las aplicaciones que utilizamos. Conectamos con gente a distancia, tenemos interacciones sociales, creamos comunidades de personas con intereses comunes en ambientes virtuales. Siempre estamos haciendo algo. Siempre consumimos. Siempre compartimos. Siempre producimos.
Bauman tenía razón al darle la característica de “líquida” a la época en que vivimos, porque ya no buscamos estabilizarnos en un lugar o tiempo determinado. Queremos fluir a través del vórtice de información que nos constituye y nos rodea. Cambiamos, al mismo ritmo que lo hacen las condiciones en las que vivimos, y nadie sabe lo que pasará después. Porque nadie puede. (O).

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