26 / 08 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Competencia textual y mirada lectora

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La preocupación por la efectividad de la palabra humana debe ser siempre profunda hasta en aquel ser que no tiene una adecuada formación para comunicarse; pues, cada cual a su manera se expresa desde “sus límites y sus posibilidades para afectar a quienes la escuchan, por sus virtudes y sus peligros” (Larrosa, 2007).

¿Qué sucede, por ejemplo, en el emisor al hablar o al escribir? ¿Qué pretende comunicar, de qué manera lo hace? ¿Con qué intención procede? Y, sobre todo, desde qué ángulo humano de su formación le es posible emitir un cúmulo de enunciados para que se responsabilice de lo que dice oralmente o de lo que escribe. ¿Y qué le sucede al receptor cuando escucha o cuando lee? En cualesquiera de los dos casos, se nutre de esa palabra que le pertenece al otro pero que a él le afecta, por sordo o indiferente que se muestre.

Y qué mejor cuando, por ejemplo, en el caso de la lectura, se sabe nutrir de la palabra que no solo es excelsa porque alguien la escribió sino porque el que la lee “in-tegra o in-corpora (hace que pase al interior, a formar parte de su propio cuerpo) un contenido que le fortalece o le acrecienta en lo que es” (Ibid).

Se trata de una palabra alimenticia: incorporada en el cuerpo, en la mente, en el alma, en el cerebro, en el corazón, esa palabra causa una “revolución” interior. Pues, el cuerpo, en sus múltiples dimensiones lingüístico-psicológico-culturales y socio-educativas que le caracterizan a ese lector, recibe un caudal de sustancias alimenticias que le afecta a cada una de las dimensiones aludidas.

En este orden, si tomamos una de las dimensiones antes señaladas, por ejemplo, la lingüística, aparece, según sea el texto que le alimenta, una determinada competencia textual. “El hablante letrado de una lengua, además de una competencia lingüística –capacidad para reconocer y producir oraciones gramaticalmente correctas en su lengua-, posee una competencia textual que le permite decidir si una muestra escrita de su lengua es un todo coherente y cohesivo y no un mero agregado de oraciones que, aunque conformadas de acuerdo con las normas morfosintácticas y semánticas en su manifestación individual, no guardan relaciones pragmáticas entre ellas.

Este hablante ideal ha aprendido que un texto no es el resultado de una simple yuxtaposición de oraciones, sino algo mucho más complejo” (Díaz, 2009) que el lector irá incorporando alimenticiamente en toda su esfera humana en la medida en que su estado de conciencia lingüística le permita leer ya no el texto, sino el mundo significativamente.

Desde otra dimensión, la lectura toma otros rasgos. Así, antropológica y axiológicamente, Larrosa señala que, si tomamos una de las partes del cuerpo: los ojos del lector. Estos “no toman, sino que dan, son unos ojos ‘dadivosos’.

Al alzar la vista el lector muestra la transformación de su mirada. De una mirada que toma, de una mirada ávida y voraz que apresa y que coge lo que mira, el lector ha pasado a tener una mirada que da, una mirada generosa que se entrega en su mirar mismo. Sin embargo, la actividad de la lectura suele estar descrita como un tomar” (2007) cuando, fundamentalmente, lo que hace el lector atento, alimenticio, es tomar (del otro, del escrito) para dar lo suyo, lo que interpreta, lo que infiere, lo que concluye y, sobre todo, lo que logra significar, gracias a que todas las dimensiones señaladas se activan para que se produzca esa mirada transformadora que el texto le provoca desde su más genuina concepción lectora. (O).

Modificado por última vez en Junio 28 2017
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