23 / 09 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Falsos versus verdaderos

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Posiblemente toda la humanidad, con bastante frecuencia en su vida, se haya encontrado con los falsos, (afirmaciones, enunciados, documentos, testimonios, amistades, etc.), y estos falsos se han esparcido por el mundo de tal forma, que el ser humano se ha acostumbrado a ellos, hasta el punto de generar cierta tolerancia (aguda) al engaño, pues la mentira es de uso normal y hasta natural.
En cambio, lo verdadero, lo genuino, lo correcto, va perdiendo fuerza, se va difuminando en una mezcla de intereses y concesiones, que llega a perderse en el horizonte de una idea demasiado utópica.

Particularmente, en mi historia los falsos versus verdaderos me han hecho sufrir bastante: calumnias, trampas, mentiras repetitivas, generadas por aquellos que creen saber más que la vida misma; todo, frente a lo que se cree cierto, verdadero, incorruptible.  A pesar de las decepciones, no he dejado de creer y luchar por lo verdadero, aunque la verdad absoluta parezca irreal o se piense en lo relativo.

Con las experiencias, (tropiezo y encuentro), aprendí a identificar los falsos, mi ojo auditor (gran ayuda), sin embargo, ha sido mi corazón el principal catalizador, el que ha creado un deseo de justicia y de combate. En tal contexto, menudo oficio de los abogados, a quienes en sociedades cada vez más desorientadas, les corresponde defender lo incorrecto, pero, más aún el deber los jueces, a quienes les toca ponderar la prueba.

Un abogado (amigo), afirmaba: “solo se debe dejar que hable la prueba”, pero ¿qué pasa cuando los falsos hicieron de las suyas?  Por decir algo: la prueba documental está viciada (contabilidad falsa), la prueba pericial (también) y, la prueba testimonial, ni se diga; realmente en estas circunstancias, hasta los jueces más duchos, pueden ser presos del error, ante ello, no hay proporcionalidad ni sana crítica que valga. No obstante, la obra del mal es imperfecta.

Traigo a acotación la leyenda de Cantuña, quien comprometido a construir el Atrio de San Francisco, en su desesperación por lograrlo y evitar ir a la cárcel por incumplimiento, accedió a recibir ayuda de Luzbel, quien haría el trabajo a cambio del alma de Cantuña, más todo culmina, cuando el indio arrepentido pide ayuda a Dios, desenlazándose la leyenda, en un final, donde Luzbel entrega el atrio terminado, pero, incompleto (una piedra menos), salvándose de esta manera el ingenuo constructor. (O).
      

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