20 / 08 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

El ser descansa en la palabra

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De entre tantas herramientas que el ser humano tiene para proyectarse racional, emocional y espiritualmente para que cada vez sea más humano, está el de su concepción mental que es a través de la cual direcciona sus actividades motrices, intelectuales y cognitivas. Por ende, la mente humana trabaja para ser más o para ser menos humanos, dependiendo de las circunstancias de vida que cada ciudadano asume para proyectarse, y por ende, poder realizarse en la vida.

Desde la mente humana llegamos a obtener un determinado conocimiento de la realidad. Para ello intervienen una serie de factores que robustecen o debilitan el acto de comprender, de pensar y de llegar a elaborar ideas que son las que nos impulsan a la toma de decisiones, debido a que “el ser humano es capaz de seleccionar información, atendiendo a metas y planes, expectativas, emociones” (Téllez, J. 2004); y gracias a los factores motivacionales que  el medio nos brinda logramos ampliar una capacidad de aprendizaje que nos permite interactuar de conformidad con los procesos mentales adquiridos en cada ocasión de vida que tenemos para la promoción de nuestra más genuina condición humana.

Por lo tanto, según la concepción de nuestra realidad mental actuamos en una continua y permanente interrelación, y con las herramientas que tenemos a mano. Una de estas herramientas está en la educación formal y personal que recibimos y que nos potencia para la concepción de unas coordenadas personales muy especiales desde la formación que logramos adquirir a través de la lectura y de la escritura.

En el caso de la lectura -que es una de las herramientas más significativas para fortalecer nuestra concepción mental desde la tematización del lenguaje, es decir desde nuestra entidad lingüística y cultural-, ella nos encamina a la comprensión e interpretación de nuestra realidad con la palabra en la mano – es decir en nuestro cerebro- que hayamos logrado procesar mentalmente. El ser de cada individuo descansa en la palabra, y esta se la adquiere en la experiencia cotidiana, en la formación escolarizada y, ante todo, desde el ámbito de una hermenéutica antropológica y axiológica de la lectura.

En efecto, “para la hermenéutica entendida ontológicamente el lenguaje no solo es un sistema convencional de signos para la representación de la realidad o para la expresión  de la subjetividad, ni siquiera  constituye un instrumento para la comunicación, sino que constituye el modo primario y original de experimentar el  mundo” (Larrosa,  2007) desde la palabra más sentida, desde el pensamiento más humano, es decir desde una realidad mental profundamente personal para comprometerse con la realidad más genuina que el ente lector experimenta bajo las condiciones que Larrosa sostiene cuando afirma que “el lenguaje es el modo de aparición del ser” (Ibid).

Bajo esta perspectiva, ¿cómo aparece cada ser humano letrado con su concepción mental para percibir el mundo y asumirlo bajo sus concepciones más sentidas hermenéuticamente, o apenas para percibirlo desde ese sistema convencional de signos para representar la realidad tal como aparece en el texto leído literalmente, y en donde el lector no está aún en condiciones de valorar el mundo desde una concepción al menos inferencial, es decir para interpretar esa realidad lectora?

Empezar a percibir el mundo desde la lectura, es crear una voz propia, la más abierta y la más libre para escuchar la voz del texto y para recrear la voz del lector, que no se contenta con percibir la literalidad de ese mundo de signos que en forma de letras aparece en la pantalla o en la hoja de papel, sino y, ante todo, porque aprende a pensar la lectura, es decir, desde una concepción antropológico-filosófica aparece creativamente lo que afirma Jorge Larrosa: “La relación entre lo presente en el texto y lo ausente, entre lo dicho y lo no dicho, entre lo escrito y un más allá de la escritura: la lectura se situaría justamente en el modo como lo presente señala lo ausente, lo dicho apunta hacia lo no dicho, y el sentido se sitúa más allá de lo escrito” (Ibid). (O).

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