20 / 08 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

El ser que ama y respeta la palabra

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Hay un adagio muy antiguo que dice: “Ama a las letras como a tu madre”, el cual es muy representativo porque el valor simbólico que la madre representa para que la familia y la sociedad puedan ser afectivamente válidas para el desarrollo armónico del ser humano, es igual que el amor por el estudio que representado en la lectura y en la escritura, simbolizan el acto educativo, humanístico y científico que una comunidad pude lograr si es bien encaminado todo este proceso intelectual, tal como la madre encamina a sus hijos al mejor logro de sus realizaciones personales.

En efecto, los verbos leer y escribir necesitan otro verbo: amar, igual que la madre en relación con su hijo, si no ponen en práctica esa relación no funciona. De igual manera, si al acto de leer y de escribir no lo ejecutamos bajo el mejor parámetro amatorio, la educación y la formación personal de quienes ejercen la lectura y la escritura, fracasa rotundamente.

Pues, el amor, es decir el interés, el afecto, la voluntad, la autonomía y la libertad personales para asumir una acción determinada, como en este caso leer y escribir, les confiere el talante para llevar a cabo estas tareas con el mejor agradado, con el entusiasmo personal y el gozo más característico para enfrentar esta tarea intelectual, cognitiva y afectiva, no solo desde la acción pensada del intelecto, sino del corazón más sentido que enaltece y dignifica a uno de los valores más representativos que tiene la educación, la cultura, la ciencia y el humanismo en general: saber leer y escribir.

Una sabiduría, no una mera información para cumplir una tarea; un acto, el más plenamente humano, por eso necesita del verbo amar, no como imposición sino como el acto más libre y espontáneo para asumirlo sin ninguna presión que no sea el de la decisión personal, tal como sostiene el filólogo español José Antonio Hernández Guerrero cuando hace énfasis en la escritura:  “La escritura debe estar hondamente arraigada en la dura experiencia personal e íntimamente amasada en su permanente monólogo interior.

No podemos escribir sin sondear en nuestra personal concepción de la escritura y, sobre todo, sin acercarnos a nuestra peculiar biografía” (2005) que es la que da fe de nuestra manera muy personal para percibir y analizar el mundo desde nuestra mirada lectora y de escritura.

Y, por supuesto, no sin el esfuerzo, el empeño y la disciplina constantes para hacer de estas prácticas una tarea quizá ardua pero satisfactoria, enormemente sentida y valorada tal como se  siente la presencia del ser amado que le da el ánimo y la fortaleza constantes para enfrentar las cotidianidades de la vida real, con la ilusión más tonificante y, ante todo, gratificante, porque tanto el lector como “el escritor ha de trabajar por lograr una voz propia y por identificar un estilo original, y su punto de partida será el amor y el respeto a la palabra” (Ibid).

Y es que el amor y el respeto a la palabra es un capital humano muy preciado que nos surge de nuestras propias convicciones, de nuestra vida interior. Solo así, el lector y “el escritor ha de tener algo propio que expresar y, para lograr este fin, deberá crear y enriquecer su mundo interior; las experiencias son tales si modifican, mejoran y estimulan el crecimiento de la persona entera, el crecimiento en un proceso que se despliega desde dentro hacia fuera” (Ibid).

Se trata, entonces, de toda una realidad interior que se exterioriza porque primero se vive desde el mejor amor humano ese respeto y esa consideración enorme por la palabra, que no es otra cosa que la preocupación y la validación del ser, es decir, de la esencia de lo humano que está concentrada en la palabra que es la que brota según la constitución humanística que tenga ese ciudadano lector y escritor, que asume su vida desde el más grato posicionamiento humano de su experiencia vital, puesto que, desde la lectura y desde la  escritura o, más bien dicho, desde nuestra formación letrada, “la vida humana es constitutivamente una hermenéutica, una interpretación, una lectura entendida como juego creador con los signos con los que damos sentido al mundo y a nosotros mismos” (Larrosa, 2007).(O)

 

 

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