11 / 12 / 2017

Archivo Loja, Ecuador

Es el texto el que lee al lector

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A la realidad humana en general se la conoce mejor, se la interpreta y se la valora en la media en que sintamos un profundo amor por la palabra. Desde ella se conversa, se escucha, se lee y se escribe no solo para conocer la vida sino, y ante todo, para interpretarla de manera que sea factible una visión profunda para ver, para actuar y para recrear el mundo desde un modo de vivir que sea propio pero que al mismo tiempo contribuya a fortalecer el mundo de los demás.        

Por lo tanto, desde la palabra profundamente sentida no solo cuando se la emite, sino cuando se la escucha o cuando se la recibe y procesa mentalmente desde la lectura y la escritura, será posible una nueva forma de experiencia: vital, analítica y crítica para examinar el comportamiento humano y revisar el significado que va adquiriendo nuestra vida a través de las diversas acciones que serán marcadas por la clase de ideas que sepamos procesar y que nos permitirán ahondar en el mundo desde nuestra inteligencia intelectual y emocional para responder frente a las diversas circunstancias de la vida.

Desde esta óptica, creo que la lectura y “la escritura debe estar hondamente arraigada en la dura experiencia personal e íntimamente amasada en su permanente monólogo interior: No podemos escribir sin sondear en nuestra personal concepción de la escritura y, sobre todo, sin acercarnos a nuestra peculiar biografía” (Hernández,  2005, p. 22) que es la que nos direcciona a la hora de una toma de decisión bien desde lo superficial o  bien desde la profundización hondamente meditada de nuestras ideas.

Al mundo de la lectura y de la escritura nos metemos, pues, desde nuestra biografía, es decir desde lo que somos, en el momento en que somos lo que somos. Y si es la pasión la que nos encamina a estas tareas, se da lo que señala Jorge Larrosa: “En la pasión, el sujeto apasionado no posee el objeto amado sino que es poseído por él” (2007, p. 97).

En efecto, la lectura y la escritura nos poseen, nos atrapan, y por eso es posible adentrarse en la más honda realidad axiológica de estas disciplinas que son el pilar de la cultura, de la educación, de la ciencia y de las humanidades que pululan en todo ser apasionado, comprometido con ese mundo de palabras que son producto de la más viva realidad humana.

Desde estas circunstancias, solo el ser  que ha logrado apasionarse por la palabra, es el que siente ese amor profundo por ella, y es ese amor excelso el que lo mueve y lo conmueve a comprometerse con el texto, con la palabra escrita en cuya relación amatoria, idealizada, subjetivada y ontológicamente hermenéutica aparece una nueva conducta antropológica que Larrosa la describe con acertada iluminación cuando señala que “no es el lector el que da razón del texto, el que lo interroga, lo interpreta y lo comprende, el que ilumina el texto o el que se apropia de él, sino que es el texto el que lee al lector, le interroga y le coloca bajo su influjo” (Ibid, p. 169).

Aparece así “el texto como origen de una interpelación: la lectura sería un dejarse decir algo por el texto, algo que uno no sabe ni espera, algo que compromete al lector y le pone en cuestión, algo que afecta a la totalidad  de su vida en tanto que le llama a un ir más allá de sí mismo, a devenir otro” (Ibid, p. 169) dentro de sí mismo, puesto que  solo el ser que se deja afectar por el texto, es decir, que se deja interpelar, está en condiciones de llegar a ser lo que es desde esta nueva realidad en la que se hace presente sin saber de antemano cómo va a quedar afectado por esa realidad textual, escrita, que está ahí, frente a sus ojos, en sus manos, es decir, en su cuerpo, como una presencia de la cual no puede saber nada de antemano sino solo cuando esté “metido” en el texto, con el rostro clavado en él, de manera que cuando levante la vista para mirar al frente, a la vida, al mundo, ya lo experimentará de otra forma. (O).

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