22 / 09 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

Encontrar la palabra para evitar el vacío de la lengua

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Las palabras, fundamentalmente, son actos de comunicación, en ellas va nuestra vida, nuestra manera de ser y de actuar; por ello, necesitamos robustecer la palabra de dignidad, y sobre todo de honestidad y de amor por la vida en todo lo que ella representa, de manera que sea nuestro lenguaje el que nos haga aparecer como verdaderos seres humanos, llenos de pleitesía, de imaginación, de conocimiento y de una potente creatividad para que las palabras se hagan realidad en cada circunstancia de vida.

Reconocer la palabra es reconocer nuestra humanidad; fortalecerla para que aparezca lo más noble y sano y, ante todo, para que no sea esa misma palabra la que nos condene al fracaso de nuestras acciones por la falta de una adecuada formación idiomática; pues, como señala George Steiner, “el lenguaje se venga de quienes lo mutilan” (2013).

En efecto, hoy la sociedad vive una crisis profunda que se refleja en la palabra de cada individuo que no ha sido capaz de formarse para vivir con la mayor dignidad que le sea posible desde el esfuerzo cotidiano de aprender a educarnos para el buen vivir. La sociedad vive en un desconcierto de palabras hirientes, fofas, vacías de humanismo, en donde cada cual utiliza la palabra para defenderse de su enclenque vacío espiritual y de una ausencia de conocimiento ante la vida que espanta por la radical pobreza de un lenguaje que lo que ha hecho es condenarlo a la mediocridad de sus actos.

En este sentido, la ausencia de una formación en la palabra, ha hecho que el lenguaje en su inmensa riqueza se encargue de anular a los individuos que no ha sido capaces de adecuarse a lo más granado y excelso que la palabra tiene para fortalecernos en humanismo. Pues, el raquitismo del lenguaje de estos pobres ciudadanos, los ha convertido en ciudadanos pobres, porque se ven condenados a la mediocridad de sus acciones.

Que la educación, que la familia, que el mismo Estado y la ciudadanía en general podamos hacernos cargo de los recursos que el lenguaje tiene para fortalecer nuestra condición humana a través del intelecto y de una preocupación profundamente sentida para que nuestros impulsos vitales desde el emocionar y desde la racionalidad brillen en cada hecho de lengua, porque ahí está viva la presencia de lo humano, cuando es el diálogo atento, la lógica, la creatividad, la verdad y la más alta instancia de lo estético, como elementos  que afloran en cada palabra emitida, tal como sucede en cada libro escrito, en cada documento que es labrado con el alma y con la vida del poeta, del escritor, del filósofo, del teólogo, del sociólogo, del científico, del humanista y, en fin, de todo ciudadano que al dejar escrito un texto, está dejando la más elocuente impresión de la palabra profundamente vivida, y que es el lector el que debe aprender a descubrir toda la viveza, la riqueza y la verdad más plena, directa y sentida que puede soportar un escrito determinado.

Hablar, escuchar, leer, escribir, entonces, son dispositivos de la más alta hidalguía axiológica que tiene un ser humano para existir no desde el mero estar, sino desde las condiciones de vida más vivificantes que nos acompañan para educarnos en la palabra y para hacer valer nuestra condición humana, porque es aquí en donde cada uno aprende a asumir su propio idioma.

De ahí que, “uno de los grandes objetivos de la escuela tendría que ser el trabajo con el lenguaje, valorar la lengua como construcción de la subjetividad, aun sabiendo que nuestras voces penden de hilos frágiles” (Pradelli, 2011), como el de la incoherencia, lo inconexo, lo grotesco, y lo más triste, la falta de consideración con el prójimo.

Al respecto, Ángela Pradelli señala que “en la tragedia de nuestros desencuentros definitivos con el otro naufragamos muchas veces en el vacío de la lengua. La desgracia más desdichada puede ser haber perdido ciertas zonas del lenguaje en las que ya no podemos penetrar. La pena más grande, sentir que no podemos encontrar la palabra” (Ibid) porque quizá nuestra preparación para con ella aún no se ha fortalecido desde la más sana consideración de lo humano. (O).

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