23 / 09 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

Emilia Alejandra, ángel de luz

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Añoranza de un pasado de benevolencia, colmado de paz y de regocijo, marcado de alborozo y altivez,  cuando la vida transcurría por un sendero convincente, plasmado de respeto, dignidad y elocuente moral, avizorando plenitud de seguridad y de un futuro diáfano,  en el que nuestros niños gozaban de una cotidianidad de amor, amparo y plenitud de brillante porvenir, ellos considerados como un tierno capullo de exhalación perfumada, a los que ni siquiera la leve brisa podría lastimar su congénita inocencia, emparados en el afecto, amor y custodia de sus entrañables padre, familiares respetuosos y de una sociedad inminentemente ética, moral y con sublime tesón de ternura y armónica honestidad.

Loja, nuestra entrañable ciudad, que en otra hora buena, mencionada como “Ciudad Franciscana”, por su  transcurrir apacible, considerada como una isla inmune al mal, de imperecedero e impoluto proceder, de inmarcesible pudor y con un inadmisible contagio a los nocivos excesos permisivos y perversos, que aqueja la humanidad en sus ámbitos y latitudes; más con el inexorable transcurrir del tiempo, nos convertimos en una vulnerable realidad, nuestras fortalezas cifradas en una incólume calidad humana, han sido avasallada por las corrientes malignas foráneas  que contagian burdamente a nuestra ciudad, convirtiéndola proclive a las más abominables desmanes.

El abismal crimen perpetuado, en la niña de tierna edad “Emilia” azucena de blancura impoluta, tierno e inocente ángel que en la flor de su vida cegada, víctima y mártir de las más espeluznante demencia, que con el tributo de sus existencia, se convirtió en una estrella luminosa, irradiante de la luz orientadora y protectora de los niños, para que cobijados e iluminados, vivan la armonía hechizada de un edén, con paz y respeto, cual capullos tiernos florecientes en primavera, de cuyo mundo de ensueño, que por una brutal ironía de la vida, Emilia impiadosamente fue privada.

Este hecho de brutalidad incalificable, ha consternado y conmocionado profundamente, con rigor y absorto, enlutando los corazones y movilizando las voluntades, para expresar el más airado reproche y la más contundente condena y, obviamente, exigir para que se aplique las sanciones a los culpables, con el máximo rigor de la condena, con ejemplarizadora actitud; por cierto que el juez supremo, la justicia divina, sabrá juzgarlos inexorablemente; “El castigo más grande del  sentenciado es el no haber sido absuelto por el tribunal de su conciencia”, entonces permanecerá el resto de sus indigna vida, atormentado en un infierno sin piedad ni perdón. (O).

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