21 / 10 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

El lector es un atento caminante

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Cuando uno lee siempre se viaja con alguien a través del pensamiento: son dos personas las que viajan, el lector y las ideas del escritor; ¡y qué diálogo para fructífero que se entabla entre estos dos personajes!: las ideas del escritor y las ideas que el lector va generando como producto de las ideas iniciales leídas: palabras, preguntas, hipótesis, ideas, ambientes, personajes, recuerdos, nostalgias,  acciones, informaciones, opiniones, deleite, cuestionamientos, y un sinnúmero de circunstancias que el lector genera en su cabeza y en su corazón, más bien dicho en toda su condición humana, incluso cuando se lee solo para informarse.

El diálogo que el lector establece con el autor a través de las palabras que constan en el texto es más fructífero que el que se establece en vivo, presencialmente, porque las palabras leídas son siempre más pensadas, más sosegadas, más refinadas estética e intelectualmente, mucho más inteligentes que cuando hablamos con alguien frente a frente: en estos casos es más bien la improvisación, lo efímero y las ocurrencias del momento los que afloran. Por supuesto que no hay cosa más hermosa que estar frente a frente para conversar con alguien con el que se le tiene afecto. Eso mismo sucede con el texto: se le tiene un afecto especial, por eso surge el diálogo permanente con lo escrito, y es por ese diálogo que la lectura llega a tener sentido.

Qué buen viaje que tiene el lector: ¡Qué acompañante para noble y privilegiado que es el libro!: siempre fiel, atento, esperando que alguien abra sus páginas  para que empiece la compañía con ese lector que está lleno de emoción, totalmente interesado  en saber no tanto lo que le puede contar su acompañante, el libro, sino para  que el lector busque interrogantes antes que respuestas o explicaciones; se trata de un lector que quiere salir de su casa sin salir de ella;  de un lector que desde el anonimato conversa de maravilla con este inquieto acompañante que sin hacer alharaca se dispone a ser interrogado, cuestionado y todo lo que quiera el lector con este distinguido acompañante que no protesta.

Y qué manera tan hermosa  que tiene el libro, el escrito: cederle el papel de interlocutor al lector para que este se estremezca de emoción, de manera que se vuelva interesante, necesario, emotivo lo que lee, lo que le va contando el libro sin ningún apuro que no sea la paciencia que el lector y el texto tienen para acompañarse, para conocerse cada uno a  sí mismo, y sobre todo para que el lector aprenda a “descifrar el mundo, de encontrar en los libros y en los objetos de la cultura, alternativas para el crecimiento” (Reyes, 2006, pp. 60-61).

Y este proyecto de vida lector es un proyecto íntimo, autónomo y anónimo que produce ganas de vivir, gracias al enorme deseo que provoca la compañía del texto para mirar hacia afuera y hacia adentro: ahí se encuentra el gran espectáculo humano que produce el espíritu de la palabra escrita y leída con magnánima devoción.(O).

 

 

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