23 / 07 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Apuntes sobre vida y obra de Pablo Palacio

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Nacido en Loja en 1906, Pablo Palacio tuvo una infancia difícil al sufrir una caída en la Chorrera de El Pedestal, que le dejaría su cráneo marcado para siempre, y al perder a su madre cuando recién cursaba los seis años de edad. Sin embargo, aquellos huracanes no doblegaron jamás su espíritu de roble y su agudo sentido para percibir la existencia desde el papel de un loco cuerdo, talentoso y adelantado a los tiempos.

Estudió en la escuela de los Hermanos Cristianos, en el colegio Bernardo Valdivieso, y en 1925 se graduó como doctor en Jurisprudencia por la Universidad Central de Quito. Ejerció como profesor de Filosofía y Literatura en la misma Universidad, subsecretario del Ministerio de Educación, cuando era dirigido por el también lojano Benjamín Carrión, y subsecretario de la Asamblea Nacional Constituyente en 1938.

Se destacó como narrador, poeta, periodista, ensayista y político con tendencia socialista. En 1937 se casó con la destacada artista Carmita Palacios. Su pluma se apagó cuando tenía apenas cuarenta años de edad, en la ciudad de Guayaquil.

Su gran capacidad creadora y muy lejana de la literatura realista que marcó su época, lo llevó a ser catalogado como el fundador del cuento moderno. Decidió apartarse de todo lo convencional, y desarrolló en sus creaciones seres anormales y ridículos, con ironía propia de un humor deshumanizado, además de casos clínicos, el descrédito de la realidad, el anuncio de vicios y pecados de manera cruda, lugares poco comunes, escenarios jurídicos con una visión menos formalista del Derecho, y la ruptura del tiempo lineal que fraguó en su obra un arte antirromántico y una discusión polémica entre los escritores de entonces.

Pese a que su producción literaria fue limitada si de extensión se trata, hoy es un autor muy estudiado, aunque tardíamente, en todo el continente. Como sostiene el crítico peruano José Miguel Oviedo: “esa cualidad singular e inasimilable de su producción condujo a una serie de malentendidos y confusiones que contribuyeron a oscurecer su aporte, que sólo en las dos últimas décadas ha empezado a revaluarse seriamente: todavía estamos descubriendo a Palacio...”.

Es necesario que en ese descubrimiento de Palacio se involucren todos los actores intelectuales y, sobre todo, la población estudiantil tanto de colegios como de universidades. No basta, eso sí, con entender el contexto de la época y valorar superficialmente la contribución literaria del autor. A la obra de Palacio hay que sentirla hasta que se enraíce en nosotros y provoque martillazos en nuestras conciencias.

Un hombre muerto a puntapiés, Débora, Vida del Ahorcado y relatos como El huerfanito, Amor y muerte, El frío, Comedia inmortal, Novela guillotinada, Una mujer y luego pollo frito, Los aldeanos y tantos otros, aún guardan vigencia para nuestro tiempo y hacen que se compruebe la premisa que él mismo sentenció algún día en alguna de sus creaciones: “Sólo los locos exprimen hasta las glándulas de lo absurdo y están en el plano más alto de las categorías intelectuales”.(O).

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