14 / 11 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

El texto leído prevé su propio lector

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La obra o el texto leído prevé su propio lector, porque de conformidad con las circunstancias personales asume hermenéutica y axiológicamente un comportamiento determinado para adentrarse en las páginas o en la pantalla de ese texto cuya objetivad pasa a manos de un lector que subjetivamente asume su propia realidad de lector. “Esto significa que el texto interpretado impone restricciones a sus intérpretes. Los límites de la interpretación coinciden con los derechos del texto (lo que no quiere decir que coincidan con los derechos de su autor)” (Eco, 2016).

Desde este orden, hay lectores que sufren para comprender e interpretar un texto; otros, en cambio, gozan, se deleitan desde una condición de lectores ideales; y, por supuesto, hay de aquellos que por obligación deben leer una temática que poco o nada les importa saber lo que dice el texto en sí, peor que quieran hacer un esfuerzo para emitir una opinión porque su mirada no está puesta en la escritura de ese texto porque quizá no corresponde a los intereses de su vida cotidiana.

Desde esta realidad, es el texto, entonces, el que impone las reglas a su lector. Habrá casos en que el texto no se deja leer porque el lector no está en condiciones para adentrarse en él. En otros casos, sobre todo cuando la temática es ampliamente conocida, el lector se mete en el texto con el mayor gusto y lo explora a su manera, porque ese ideal de confianza le permite recorrer el texto con la mayor naturalidad, de manera que esa historia, si se tratase de la lectura de una obra literaria, por ejemplo, se le mete al lector por todos los poros de su piel hasta que logra construir algo más de lo que consta en el texto leído. Como señala Graciela Montes, luego del disfrute lector, “quedan algunas cosas: a veces imágenes fuertes, otras veces apenas hebras, o el sonido de alguna palabra que vuelve una y otra vez, que se mezcla con otras, que arde (…). Quedan las ganas de volver a abrirlo, de tocarlo, de mirar (…) y quedarse detenido, en suspenso, sobre el misterio de las letras” (2001).

Hay casos y casos de lectores, cada quién con su historial de lectura, es decir, de su vida, que es la que marca las huellas para caminar airoso, lúcido, preocupado, despabilado, orgulloso, humilde, pletórico, ensimismado, preocupado y, en fin, un sinnúmero de comportamientos lectores según sea el tipo de contacto que tenga con el tema y con el tipo de texto, tal el caso de Sarah Hirschman cuando dice: “Descubrí una creatividad que no siempre estaba construida sobre una disciplina adquirida en los centros de estudio. Aprendí a apreciar la ingenuidad, la creatividad lúdica, la imaginación y una especie de energía mental que se manifestaba de múltiples formas” (2011) en los nuevos grupos culturales con los que esta investigadora literaria entró en contacto en Latinoamérica, en especial en Colombia, al trabajar con grupos marginales, de los que pudo enriquecerse con la exuberancia del lenguaje callejero que profesaban, para transformarlo en instrumento para su desarrollo personal. En este caso, esta autora europea “demuestra cómo la literatura puede convertirse en un espacio de conexiones inusuales para personas que en general no tienen acceso a la lectura” (2011).

Otro caso de acercamiento con el texto es el que experimentó Paulo Freire en su calidad de educador: “Estaba convencido de que la gente podía adquirir un conocimiento nuevo solo si este se convertía en algo relacionado de manera significativa con su vida. Por lo tanto, las sesiones de alfabetización organizadas por él y sus estudiantes estaban precedidas siempre por conversaciones sobre temas que tuvieran un interés especial para aquellos que estaban aprendiendo a leer” (Hirschman, 2011, p. 40), y todo, para enfrentar al texto en su más viva realidad.(O).

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