23 / 05 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Excesos masculinistas y violencia

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A ellas se les hace natural vivir en libre esclavitud: el marido dice “la mujer mía”, “la mía” “mi mujer”, y esto es un título de propiedad sobre ella, y así él decide cómo ha de vestir, peinarse, si tiene o no que poseer ciertas comodidades y libertades, así pues: un teléfono o una red social; la mujer no es libre, todo es aprobado por el criterio masculinista. 

Ella quiere ir a una reunión de amigas, él no la deja, ella decide cortar su cabello, él la castiga por su decisión con respecto a su cuerpo, todo porque la cultura ha incorporado un estereotipo mariano de mujer, donde la imagen de madre-virgen, ha naturalizado el sacrificio femenino y los intereses de ella se subsumen en la dedicación al hombre.

Si ella se revela, es la mujer-mala, la sociedad la repudia, pues no le está permitido concentrar energías en el mundo extra-hogareño, connotando con esto que el sol, no ha dejado de ser astro rey, y que en el mundo actual, se sigue dando preminencia a los excesos masculinistas de este género.

Yo he visto cómo ellas ponen el dedo en la boca, suplicando: “…no, no, no lo digan, es que me golpeó porque no le hice caso”. El control, el dominio, el machismo es justificado y solapado, a veces por miedo y dependencia, o porque se cree que es lo normal.

La violencia contra la mujer es un fenómeno que convive con nosotros a diario, ya que no es solamente física, dice Cristina Reyes Hidalgo: “…no permitir que la mujer se desenvuelva en un ambiente de paz y tranquilidad, también es machismo”. Los excesos masculinistas no siempre vienen del esposo, porque pueden presentarse en otros roles, a pesar de la relativa transitividad. 

Se ven casos, en los que está presente en un jefe machista, en amigos que son muy buenas personas pero, con desarrollados lineamientos de machos, hay hombres correctos que les aflora una ideología del dominio, prepotencia y hasta crueldad. 

A una amiga, el jefe la adiestró para pasar sus días en una oficina, no era libre de salir fuera de horario, ni siquiera a pagar sus servicios básicos, no podía tener una radio, ni teléfono móvil, ni compañeros; así vivió como en una celda por veinticinco años, si dejaba de hacer la rutina, era castigada con cargas excesivas de trabajo, maltrato verbal o indiferente, abusos, displicencias, burlas, amenazas de dejarla sin empleo.

Este ejercicio de sensibilización, sobre lo que es violencia contra las mujeres, nos reta, cuantas hemos sido violentadas, a mí me ha pasado; hay crueldades que niegan ese lugar paritario para la mujer que tanto pregona la modernidad, y es mi fe, que hay realidades para sentir y responsabilizarnos socialmente. Los excesos masculinistas y la violencia emocional son formas de agresión que dañan; no lo permitamos.(O).

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