18 / 07 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

La intensidad del silencio para leer y escribir

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El silencio siempre será útil para ahondar en infinidad de asuntos humanos que hay que reflexionarlos, pensarlos y sopesarlos lo suficientemente para que resulten valederos en ese largo proceso de desarrollo humano que cada ciudadano debe cultivar para ofrecer lo mejor de sí en esta sociedad tan convulsionada y afectada por infinidad de asuntos que no son los más benignos para aprender a relacionarnos con la mejor idiosincrasia humana.

Bajo esta perspectiva, el silencio, incluso la soledad debidamente asumida, son esenciales para el cultivo del pensamiento y para la selección de un lenguaje profundo, humano y selectivo para el bien vivir a través de la lectura y de la escritura. La actividad de leer, lo dice con mucho acierto el escritor ecuatoriano Abdón Ubidia, “es solitaria. Implica un uso concreto de la soledad personal. O sea, la individual. En el fondo, ninguna lectura es fácil. Conlleva un acuerdo íntimo previo. Leo un libro porque busco cultura, placer, etc. Pero, sobre todo, porque quiero descifrarlo. Es mi reto. Y mi esfuerzo. Y, acaso, el precio que debo pagar para abrir sus claves. Lo cual me da un derecho. Ya dentro (…) del libro, lo disfrutaré a mis anchas. Debatiré con el autor. Le opondré mis razones. Podré subrayar sus frases. Hacer anotaciones en sus márgenes o en un cuaderno apropiado. Memorizaré si quiero, alguna de sus sentencias” (2006, p. 22).

En fin, cuántas acciones se pueden asumir y hacer desde el silencio voluntariamente asumido. El silencio nos da el tiempo necesario de reposo, pero también de una asidua actividad mental para actuar desde la tranquilidad de un espacio que nos ofrece las condiciones para estudiar y disfrutar sin que nadie nos interrumpa sino solo el eco de esas voces tan íntimas que aparecen a lo largo del texto y que con la mayor limpidez nos ofrecen su palabra desde una conversación tan sentida y estimulante para las operaciones de abstracción y razonamiento que la inteligencia intelectual y emocional son capaces de llevar a cabo en ese silencio sabroso, asombroso y solitario en el que el lector y el escritor disfrutan en ese ir y venir de ideas “que solo pueden surgir de una mente con capacidad de imaginación y de abstracción, ejercida en la observación y la reflexión que la lectura impone, pero a la vez proporciona” (Campos, 2011, p. 18) desde la más viva intensidad que el silencio nos ofrece en ese contacto tan íntimo con el texto.

Así, desde el silencio, el texto surge airoso, pleno, listo para el diálogo de su lectura o de su escritura, porque es “lo que pensamos de él, ya sea ese ‘nosotros’ un lector aislado, una unidad, una colectividad, un grupo social, una condición social, una clase, un círculo, una nación, etc. Cada lector es una variable independiente, cada libro leído por él, es decir la idea que él se hace de su contenido y de sus cualidades, depende funcionalmente de ese lector” (Lahire, 2004, p. 19) que cuanto más busque espacios de soledad, mayor será su tranquilidad para desde el silencio apropiarse de la más plena humanidad a la que todo lector y autor están expuestos en unas circunstancias muy específicas de ese accionar que se va creando e imaginando “desde las profundidades del alma humana (…) donde se ocultan la conciencia moral, la verdad y, de una manera general, el principio mismo de la vida espiritual” (Lahire, pp. 20-21) que late en cada ser humano para apropiarse del mundo desde los diferentes vectores humanísticos, científicos y técnicos que le son posibles llevar a cabo desde las diferentes dimensiones del lenguaje hablado o escrito “caracterizados por la búsqueda de la identidad, por el estímulo a la diferencia, por la valoración de la subjetividad, por el multiculturalismo, por la significación y por la capacidad de decir lo que queremos decir” (Corte-Vitória, 2018, p. 19) o sentir dentro del más pleno ejercicio de nuestras prácticas lectoras y de escritura.(O).

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