20 / 11 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Leer y escribir para pensar bien

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Si el lenguaje es uno de los pilares fundamentales para la realización plena del ser humano, es porque a través del idioma aprendemos a comunicarnos, es decir a tener vida por la relación de encuentro que la lengua representa desde un consenso que la sociedad y la cultura lo generan en su diario vivir; pero, en especial, el lenguaje humano es la base para comprender el mundo, para adentrarnos en él de manera pragmática y cognoscitivamente; sin embargo, toda esta realidad comunicativa    funciona desde un proceso debidamente interiorizado      por el hablante, por  el que escucha, el que lee o escribe  una serie de enunciados que deben ser analizados desde la más plena concepción personal de su pensamiento, que es el que procesa la información para transformarla en conocimiento actuante, relacionante, reflexivo, crítico, veraz, oportuno y de intercambio discursivo (Noguera, 2010), en el que participan emisores y receptores concretos, reales, con sus experiencias singulares a la hora de dialogar, leer y/o escribir.

Todo ser humano se ve abocado a esta hermosa o dura realidad, dependiendo de cómo se sirve de la lengua para conocer el mundo y comunicarse con sus congéneres desde infinidad de géneros discursivos que al respecto existen, dependiendo del predominio (Noguera, 2005) de algún tipo de secuencia: narrativa, poética, descriptiva, argumentativa, explicativa, instruccional, dialogal , y dependiendo de las circunstancias del emisor que unas veces puede estar en calidad de dialogante oralmente; en otras, de lector o de escribiente, y en consideración al nivel de su circunstancia social, cultural y educativa que, de manera individual, pero en medio de la colectividad, interviene para comunicarse de la forma en que su idiosincrasia lo permite.

Así, por ejemplo, en el caso de la educación escolarizada y académica, el estudiante se ve abocado diariamente a las cuatro competencias o registros con los que pervive en el aula o en el hogar: saber conversar, escuchar, leer y escribir; cada competencia con sus variantes de atención, de concentración, de interés, de conocimiento y de realización de una manera lo más óptima posible para que el fracaso no arruine su condición de ente viviente y de relación con la sociedad, con la cultura y con la familia.

En este orden, cuando se trata de leer y de escribir, hay infinidad de variantes o de conductas personales. Así, Antonio Basanta sostiene que “escribir como leer, es un acto de rebeldía contra la fugacidad del tiempo. Contra la caducidad. Contra la muerte. Escribir es, a la postre, un intento por vencer el caos (en Núñez, 2015). Este enunciado es muy enriquecedor, pero si el lector, en este caso, está en condiciones de filosofar, de reflexionar y, ante todo, de interiorizar este enunciado que no resulta difícil interpretarlo para fortalecer la condición de lector y de escritor, o al menos de escribiente, es decir, de principiante en el mundo de la escritura que al comienzo resulta un poco compleja hasta poder navegar con soltura en la medida en que la interiorización y la práctica actuante y constante así lo permiten.

A su vez, Basanta nos indica que “el que escribe, deja la huella de su memoria. El testimonio de su vocación continua. Su afán por hacer emerger lo que se adensa en los pliegues más profundos de su inteligencia, de sus emociones, de su imaginación, de su capacidad de comunicar, sin duda el rasgo que, junto a la empatía, concede a la especie humana su más genuina singularidad” (en Núñez, 2015). Por lo tanto, si el que lee y escribe es consciente de este y de tantas otras circunstancias que sobre la lectura y la escritura se generan, es posible que nos acerquemos a este proceso de aprender a pensar bien, con entusiasmo y voluntad personales.(O).

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