20 / 05 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Cántaro de amor y de ternura

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El paréntesis necesario, ansiado y valorado que no admite perturbación alguna, es el que lo hacemos para referimos a la madre, a ese inmenso ser repleto de ternura y de fina humildad para tocar las cosas y hacerlas agradables a la vida. Tras cada acción, cada tarea, cada problema, cada queja, cada sueño, en cada amanecer y cada solución está el sentimiento amoroso y la mano invisible de una madre que tiene el don y el encanto de acariciar a sus hijos como si todos fueran unos niños, otorgando aliento al desaliento y fuerza convincente a los temores. El corazón de una madre jamás se rompe ante el dolor, los sufrimientos, los fracasos, los miedos y las dudas. Es que para una madre no hay hijo malo y por eso es que, a pesar de los malos comportamientos de los hijos, ella los sigue queriendo y cuidando –con tolerancia y perdón– como si fueran los mejores amigos del mundo.

En la mirada de una madre se ve reflejado el universo y su ser profundo no conoce de imposibles; por ello, Ernest Belsol sostenía que “Muchas maravillas hay en el universo, pero la obra maestra de la creación es el corazón materno”.

El amor de una madre es la mayor fortaleza para emprender los más grandes desafíos humanos, es que su amor es eterno y mágico; pues, aunque ya no esté a nuestro lado, los latidos de su corazón siguen manteniéndose con mayores bríos y cadencias como una sinfonía exquisita e inagotable. La vida nos premió dándonos por aposento el corazón de una madre, en cuya fuerza interior, las quejas se transforman en soluciones y las penas en alegrías.

Gracias a las madres presentes y ausentes por tu paciencia infinita, por su amor incondicional, por ser la mejor maestra, la mejor amiga y el encanto inagotable en la senda de la vida. La madre es el mejor regalo del mundo porque es la única que nos entiende más allá de las palabras. Se ha dicho y con mucha razón: “Una madre es aquella persona que puede tomar el lugar de todos, pero nadie puede tomar el lugar de ella”. Es que la bondad de una madre está en todos sus gestos; en ella se halla depositado ese  cátaro de amor, de ternura, sabiduría, comprensión, humildad y esa genial intuición para curar nuestras heridas y encontrar salida a las dificultades.

Concluyo este re confortable homenaje a las madres de Loja y del mundo, con un sentido soneto de Rafael Escobar intitulado ¡MADRE MIA¡: “Cuando los ojos a la vida abría/al comenzar mi terrenal carrera/ la hermosa luz que vi por vez primera/fue la luz de tus ojos ¡madre mía¡/ Y hoy que, siguiendo mi escarpada vía/ espesas sombras hallo por doquiera/la luz de tu mirada placentera/ilumina mi senda todavía/ Mírame ¡oh madre¡ en la postrera hora/cuando a las sombras de mi noche oscura/avance ya con vacilante paso/Quiero que el sol que iluminó mi aurora/sea el mismo sol que con su lumbre pura/desvanezca las brumas de mi ocaso”.(O).

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