05 / 12 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

La terquedad del humano

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La partidocracia ha degenerado cruelmente el buen accionar político al extremo de haber devaluado a límites insignificantes a la política como arte y ciencia de gobernar. La política ha pasado del conocimiento profundo de la realidad del país, a la atrevida ignorancia de los cenáculos de la reverencial oratoria y a los espectáculos más groseros y risibles; del debate filosófico, sociológico, económico, cultural e ideológico, a un márquetin insustancial de una serie de cómicos de la pantalla chica. No hay propuestas serias, factibles, alentadoras y visionarias. Los responsables directos de este quebranto de la patria son los politiqueros, la podrida partidocracia y esos seres repulsivos que se las ofician de jerarcas, caciques y mayordomos; los oligarcas sin conciencia; todos esos personajes siniestros que eliminaron hace más de veinte años atrás del sistema educativo: la moral, la cívica, la urbanidad, el lugar natal, soportes irremplazables para la configuración de un hombre integérrimo, honesto, firme de carácter, instruido, reflexivo y con elevada conciencia de patria.

Desgraciadamente parece que el humano se vuelve sordo a la realidad, ciego a la virtud, egoísta a la bondad, injusto con su prójimo. Da la impresión que el humano es terco para comprender y practicar lo bueno, pero dócil para entender y practicar lo malo y lo absurdo, dando a entender que el sufrimiento sea el martirio de los débiles. Es muy complicado arrimarse al lado de los débiles, pesimistas, de los cobardes porque sus debilidades son contagiosas. Nada es dádiva de la naturaleza, todo hay que ganarlo…y ganarlo con inteligencia, persistencia y con el sudor de la frente. Hay que practicar lo bueno y lo justo, la sabiduría y el valor, la tranquilidad y la firmeza; la solidaridad, la justicia y la verdad.

Solo los hombres de grandes y firmes ideales se suelen mantener de pie frente al altar de la patria e impulsan con pasión los sueños adormecido por la frustración y la indolencia. Solo ellos son lo que tienen la fuerza suficiente para rescatar de las entrañas mismas de la memoria de los prohombres el pensamiento libre y el edificante reguero de valores cívicos, éticos y morales. La honestidad es una forma de vivir en concordancia entre lo que se dice, piensa y las conductas prácticas, lo cual es garantía de confianza, seguridad, respaldo, confidencia e integridad. La deshonestidad genera hipocresía, mentira, infidelidad, inseguridad y descalabro. “Los mentirosos solo ganan una cosa: no tener crédito aun cuando digan la verdad”. Las relaciones en un ambiente de confianza conducen a la mejora personal y ajena, pues si en todo momento se obra con rectitud, se aprende a vivir como buenos ciudadanos. La persona honesta es garantía de fidelidad, discreción, trabajo profesional y seguridad en el buen uso y manejo de la cosa pública y privada.

Políticos pícaros y audaces ha habido en todos los tiempos y en todos los gobiernos, pero encuentran su mejor clima en las burguesías sin ideales porque es ahí donde todos hablan, menos los personajes de dignidad porque la escala del mérito desaparece con una oprobiosa nivelación de villanía. En el otro lado están los que nada hacen y dicen saberlo todo, cuando apenas son seres que acunan resentimientos, odios y amarguras y repiten dogmas, sofismas y auspicio de voracidades.(O).

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