05 / 12 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

La justicia por tuit propio no es justicia, es barbarie

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Las historia de Andrea y Miguel es una en la que el común denominador es la violencia intrafamiliar. Violencia entre la pareja. Violencia hacia sus dos hijos pequeños. Violencia transmitida conscientemente a través de las redes sociales de cada uno de ellos.

Andrea publicó el último fin de semana, un video en su cuenta de Twitter, en el cual manifiesta que no ha podido ver a sus dos hijos por mal manejo de la justicia y manipulación de su exesposo, Miguel. Él, por su parte, también publicó su versión en la misma red social. ‘Al divorciarnos con Andrea, acordamos que ella mantenga la tenencia de nuestros hijos, pero al poco tiempo comenzó a poner condiciones a mis visitas’. Adicional a esto, Miguel menciona un presunto abuso sexual a sus menores por parte de Andrea, así como intentos de extorciones económicas.

 Andrea se instaló en una carpa, en los exteriores de una urbanización de Guayaquil donde vivían sus hijos. Exigía a la justicia que le permitan volver junto a sus niños. El tema se viralizó y de pronto todos tomamos la justicia por tuit propio.

 Al ver las dos versiones, y pensando con el mínimo de raciocinio, nos damos cuenta que la  posibilidad de proyectar una radiografía certera, por un hilo de tuits de Andrea y Miguel, es tan descabellado como intentar asumir una postura de pobre – padre y pobre – madre.

 No sé si hay algo oscuro en aquellos que resuelven ejercer una crítica agresiva, tanto hacia la madre como al padre, pero sí sé que el tono que utilizan permite reconocer la huella del ciudadano que dice cualquier cosa porque Internet lo permite.

 Las redes sociales sirven, entre otros temas, para denunciar injusticias que convulsionan a nuestra sociedad, como las medidas económicas, la baja salarial, la corrupción y el golpe constante al servicio público; pero la crítica masiva a casos como el de Andrea y Miguel, también sirven para adueñarnos de causas, como la feminista y la pro – derechos; solo que en vez de ayudar, estropeamos el camino. Como si la repetición de un lema, ya sea apoyando al uno o al otro, borrara todos los males de este mundo, en específico el trauma de los dos niños que están en disputa y de las mujeres que viven día a día el maltrato y la vulneración a una vida digna.

 Pasa igual con Pamela Troya y Gabriela Correa, quienes abanderaron el derecho al matrimonio de la Comunidad LGBTI. En un principio pensaron que trataban de espantar a los conservadores. ‘Oh, son lesbianas’, ‘oh, viven juntas’, ‘oh, quieren casarse’. ‘oh, se divorciaron’. ‘Oh, son lesbianas, viven juntas, se casaron y ahora se divorciaron’. Las redes sociales, con su invasiva exposición de nuestras vidas privadas, permiten que confundamos las luchas históricas con el cuestionamiento burdo, el que sale del estómago.

 Existe una mística que se escapa por completo de los que estamos saturados de las redes sociales. Con el tiempo, resulta incomprensible saber dónde nace ese deseo y necesidad de conexión, tan permanente como demandante, de participar en todos los temas puestos sobre la mesa: Andrea y Miguel; Pamela y Gaby; la guagua de pan de Cyrano, etc.

 ¿De qué sirve la crítica virtual si no la llevamos al plano de la convivencia? Tal vez señalar a estos dos padres sea útil para distinguirnos entre los ‘buenos’, pero también para replantearnos sinceramente que, más allá del escarnio público, lo que debemos imponer no es la justicia a través de un tuit, sino el respeto a esos niños, que no tienen la culpa de haber nacido en la era de la sobrexposición. El respeto a las que se casaron y decidieron divorciarse. El respeto a los que piensan distinto a nosotros. Supongo que por algo se empieza.(O).  

 

 

 

 

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