29 / 03 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

Con el alma alcanforada

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Hoy les quiero contar que he tenido una premonición, un sueño lúcido en el que estaba en una ciudad extraña, más, todos los que habitaban esa urbe, tenían algo en común conmigo, el alma alcanforada y gracias a esa característica logré sobrevivir la confusión, que ahora les comparto.

Cuando el río suena, acontecimientos trae,  en el sueño, salí de mi casa, a comprar  insumos para labores domésticas, mi abuela antes de eso, al percatarse que iba con destino al “centro”, no quiso perder el pretexto de encargarme un poco de aguardiente y alcanfor; dice ella que el aguardiente alcanforado es buen remedio para todo.

Así, nos ha acostumbrado, pues ella siempre dice: “cuando tienes un sarpullido en la piel, ponte aguardiente alcanforado, cuando te duele la nostalgia, aguardiente alcanforado, cuando los problemas te fatigan, percibe aguardiente alcanforado, cuando te golpea el desamor, colócate aguardiente alcanforado alrededor del corazón y verás como todo calma”.

Bueno lo cierto es que las recetas de la abuela son infalibles, quizá por eso, es que en el sueño hasta fama me dieron, pues, me llamaban “lojana alcanfor”. 

En el camino, lo encontré a don Velasco que me saludó y en circunstancias que no ubiqué la tienda que dispensa el aguardiente, le pregunté si sabe dónde puedo conseguirlo, él, me sugirió que busque al “Cabo Minacho”, pues, me dijo que al frente de la casa de este militar, hay una destilería, que abastece a todos los huéspedes verdes. 

Fui inmediatamente, pero, ya se había acabado, por lo que volví a preguntar al dueño de la destilería, dónde podía encontrar aguardiente, él sugirió: en la “Estación”. Sin pestañar, emprendí rumbo al “Parque Bolívar”, donde se estacionan todos los viajeros.

Ya en el lugar indicado, observé en el parque, gente que libaba despreocupadamente, me acerqué a una cantina y pregunté si vendían el elixir; me preguntaron: ¿para qué lo quiere?, para un remedio les dije, pero, mirándome con desconfianza, cerraron la puerta.

Sin saber qué hacer, pregunté a un vecino del lugar, este me dijo, “señora, vaya a la Pileta allá hay de sobra”; en ese momento, ya con desesperación, me dirigí al lugar más “chic” de la ciudad; vi numerosas cantinas, tiendas que lo abastecen, pero, con nombres raros; entonces, me decidí a entrar a uno de esos lugares y pedí me vendan un botellón de  tres litros, el dueño del establecimiento, me miró como a un extraterrestre, y sin tantas explicaciones me dijo: aquí no tenemos “Pachilla”, solo ron, vodka, wiski.

Ya sin esperanza, salí con el alma alcanforada, sabiendo que me perdí en el futuro de una ciudad que ni siquiera huele a lo que fuimos en otro tiempo, y así, me desperté con el cargo de consciencia de no conseguir el remedio. (O).

   

     

 

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