29 / 03 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

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”Adelaida Falcón, una maestra caraqueña, fallece tras una larga enfermedad. Su hija Adelaida, de treinta y ocho años, no tiene a nadie y vive en una ciudad donde la violencia marca el ritmo de la existencia.

Poco tiempo después del entierro, encuentra su casa tomada por un grupo de mujeres a las órdenes de la Mariscala. Llama a la puerta de su vecina sin hallar respuesta: Aurora Peralta, a quien todos llaman ‘la hija de la española’, ha muerto. En la mesa del salón, una carta le comunica la concesión del pasaporte español: un salvoconducto para huir del infierno” (K. Sainz Borgo, La hija de la Española). Es el retrato de una mujer que escapa a todos los estereotipos enfrentada a una realidad extrema. Una historia fascinante. Sófocles escribió:”Yo mismo, como tu, fui educado en el destierro”. Retrato de muchas vivencias que vemos, conocemos y leemos a diario. En las calles,  mercados, parqueaderos. Ahí está aquella tierra, ”siempre rota, repartida a ambos lados del mar”. Alguna vez fuimos migrantes: Pamplona, Bogotá, Pacoima, Los Ángeles, Las Malvinas, El Recreo. Muchas razones, estudio, apostolado, nos llevaron a lugares extraños, conflictivos, apasionantes. Conocimos a gente maravillosa: Belén, Javier, Benjamín, David, Stefanía, Sofía, Januz, Darius, Mónica.

Tendieron puentes en nuestra existencia. Nos llenaron de afecto, bondad, solidaridad, calor humano.  ”En Caracas, siempre sería de noche”, una frase que sella con un botón de oro Karina Sainz de Borgo esta novela intensa. La historia está marcada por el poder de la realidad, enmarcada con un espejo, un cristal que trasluce emoción, nostalgia, esperanza, fortaleza. Todavía recuerdo una noche de invierno, una navidad. El manto frío del viento. El color de la nieve. La lluvia persistente. La soledad europea. El rostro de un ángel que cambió nuestra sensación de seres vulnerables. Nos invitó a su casa. Celebró su nochebuena en nuestro corazón con el ingrediente común, sencillo e inolvidable: el amor del buen Jesús que nacía aquel veinte y cinco de diciembre. Dos sacerdotes, hermanados por la fe, acogidos por un Samaritano. Eternamente maravilloso. Con el paso de los años, en nuestra Loja encontramos a muchas Adelaida, a su hija, con nacionalidades diversas, sin pasaporte, ni salvoconducto, ni dignidad. Con un destino fortuito.

Un rostro perplejo, lleno de vergüenza,  también de orgullo, sedientas de solidaridad, ”porque todas las historias de mar son políticas y nosotros trozos de algo que busca una tierra”.  Tenemos una casa que se convirtió en un hogar, donde soñamos, reflexionamos: lo que escribes, tu propia historia.

Dice Jorge Luis Borges: ”Me legaron de valor. No fui valiente”. Dar un paso hacia el infinito revierte esta vulnerabilidad. Gracias Karina. Algún día la noche en tu patria tendrá la luz de la vida. (O).

 

 

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