29 / 05 / 2020

Archivo Loja, Ecuador

Efraín Jara Idrovo

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Considerado uno de los más grandes poetas contemporáneos, tuvo una larga y proficua vida, pues murió a los 92 años el 8 de abril del 2018.  “Se fue el hombre pero queda anclada con firmeza en la literatura más profunda, su obra”.  Su obra profunda, intensa  e inmensa, pues sus versos desde sus tempranos inicios son  labrados con  inspiración, trabajo y pasión

Nace en Cuenca en 1926, se educó en escuela y colegio religiosos. Estudió Derecho en la Universidad de Cuenca,  pero la carrera que lo marcó fue  Lingüística que siguió en  la Facultad de Letras. Huyendo de la vida bohemia reside por una larga temporada en  Galápagos  en donde fue maestro, pescador y juez penal.

A su regreso de las islas  ejerce la docencia  en el Colegio Nacional Benigno Malo y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de  Cuenca. Integra el Grupo Elán junto con Eugenio Moreno, Jacinto Cordero y otros, con  quienes coincidía en que la poesía cuencana debía ser remozada y renovada. Ejerció el decanato de su facultad y la presidencia de la Casa de Cultura núcleo del Azuay  durante algunos periodos. Simultáneamente a su cátedra  ejerce un liderazgo  cultural, por lo cual  el Gobierno Nacional le otorgó el premio Eugenio Espejo en 1999

En Canción para una muchacha desconocida, escrita en 1946  y que es uno de sus primeros poemas, se expresa de la manera más tierna al amor presentido ¿Cuándo he de ver cascadas de relámpagos orlar la porcelana de tus hombros?/ Por mis dedos fluir tu cabellera cual torrente de trigo o de medallas?   ¡Todo anhelo prefigura lo real!/ tiene que haber un tiempo y un espacio en donde encarnas tú los atributos, / que mi amor los precisa certidumbres.

En su poesía inicial podemos notar un canto jubiloso a la existencia como en estos versos de “Balada de la hija y las profundas evidencias”: El gozo de la luz se hace manzana;/ el sueño de la tierra, hierba trémula;/ lo más lento del aire se hace nube;/ lo más ágil del agua, pez o espuma. Estos versos dedicados a su hija Renata son la contraparte de los que quince años después escribiría ante el suicidio de su hijo  Pedro, de veinte años de edad.

El poeta se encontraba en Galápagos cuando recibió la fatal noticia y conmovido en lo más íntimo compone la elegía más desgarradora que un padre puede dedicar a su hijo Sollozo por Pedro Jara: “el radiograma decía: “tu hijo nació. Cómo hemos de llamarlo”/ yo andaba entonces por las islas/ andaba, anduve y dije/ se llamará Pedro/ Pedrohuesosdepedernal/ Pedrorrisadepiedra/ piedra inflamada por la lumbre de meteoros de la vida. / Parecías forjado con la tenacidad del arrecife/ farallón olvidado del tiempo/ indeclinable jabalina del albatros”.

Se resiste a creer su muerte y le dice en una serie de interrogaciones: en verdad ¿fue verdad? ¿eras tú? Ser ido/ ser herido/ sal diluida/ suicida/ Ya no te reconocía ¿eras tú en verdad? ¿eso de helada insolencia de témpano? ¿eso de pavesas que la desesperación insta a soplar? ¿eso que se desmorona en las tinieblas para siempre? Finalmente le dice: Pedro ya no/ tan solo cuarzo/ pero sueñas en mí / ardes en la memoria/ como las viejas tonadas  de la tribu en  los labios de los adolescentes/ ¡hijo mío!/ somos los ecos de un tañido inextinguible.

El almuerzo del solitario es un soliloquio en donde el poeta filosofa sobre  la soledad, que es una constante en su obra: “todavía mi yo es mi yo/ y no ceniza estéril esparcida/ y se pregunta ¿Hay algo más que roer el hueso del tiempo/ bajo el silencio de las estrellas?  Contrapone los conceptos vida-muerte: ¿cómo poner el oído/ en el caracol de la vida/ sin escuchar el colosal bramido de la muerte?

Hasta sus últimos días vivió en un departamento  con  una magnífica vista al Tomebamba, rodeado de pinturas de sus amigos Tábara, Viteri, Villacís, Reascos; y,  en donde reunía a un gran número de intelectuales y gentes de letras de Cuenca y del país, en unas tertulias, indudablemente, inolvidables.

En Epitafio para Efraín Jara escribe: “Lo desveló tan solo la hermosura/ y en condiciones de excepción, amó/ y fue amado por la poesía”. (Literatura del siglo XX VIII. UTPL. Homenaje a Efraín Jara Idrovo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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