23 / 10 / 2019

Archivo Loja, Ecuador

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Mártir y Santo

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El domingo 23 de marzo de 1980, Mons. Oscar Arnulfo Romero pronunció el sermón más importante y al mismo tiempo el hecho que le costó la vida: en su homilía dominical en La Catedral, había pedido y ordenado al ejército en “nombre de Dios y del sufrido pueblo salvadoreño que cese la represión”. Estas proféticas palabras que resumen lo que Romero había dicho y hecho durante sus tres años de arzobispo, fueron, sin duda, el detonante último de su muerte.


El lunes 24 de marzo de 1980, un jeep se detuvo unos segundos ante la puerta de la capilla del hospital de La Providencia de San Salvador, donde celebraba la eucaristía Mons. Romero y un experto francotirador le disparó al pecho. Romero cayó ensangrentado y mortalmente herido; camino del Policlínico pronunció sus últimas palabras: “Que Dios les perdone”.

Pero, ¿quién fue Mons. Romero?
Óscar Arnulfo Romero y Galdames nace en 1917. Formado en Roma, inició su carrera eclesiástica como párroco de gran actividad pastoral, aunque opuesto a las nuevas disposiciones del Concilio Vaticano II. En 1970, fue nombrado obispo auxiliar de El Salvador; y, en 1974, obispo de Santiago de María.
Cuando el 8 de febrero de 1977 fue designado arzobispo de El Salvador, las sucesivas expulsiones y muertes de sacerdotes y laicos (especialmente la del sacerdote Rutilio Grande), lo convencieron de la represión del Gobierno militar del coronel Arturo Armando Molina. Monseñor Romero pidió al Presidente una investigación, excomulgó a los culpables, celebró una misa única el 20 de marzo (asistieron cien mil personas), y decidió no acudir a ninguna reunión con el Gobierno hasta que no se aclarase el asesinato de los sacerdotes y laicos.
Asimismo, promovió la creación de un "Comité Permanente para velar por la situación de los derechos humanos".

El Papa Francisco ha desbloqueado la causa, ha reconocido que Romero murió mártir y ha anunciado su beatificación para el 23 de mayo de 2015.

Hace ya años que el pueblo salvadoreño le tiene por santo, guarda su retrato en su casa, va a rezar a su tumba,  pone a sus hijos los nombres de Óscar o de Romerito.

Se hace realidad el poema que hace 35 años escribió el obispo de Brasil, Pedro Casaldàliga:
San Romero de América, pastor y mártir nuestro, (…),
¡nadie hará callar tu última homilía!

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