22 / 07 / 2018

Archivo Loja, Ecuador

Galo Guerrero-Jiménez

Galo Guerrero-Jiménez

Cuando uno lee siempre se viaja con alguien a través del pensamiento: son dos personas las que viajan, el lector y las ideas del escritor; ¡y qué diálogo para fructífero que se entabla entre estos dos personajes!: las ideas del escritor y las ideas que el lector va generando como producto de las ideas iniciales leídas: palabras, preguntas, hipótesis, ideas, ambientes, personajes, recuerdos, nostalgias,  acciones, informaciones, opiniones, deleite, cuestionamientos, y un sinnúmero de circunstancias que el lector genera en su cabeza y en su corazón, más bien dicho en toda su condición humana, incluso cuando se lee solo para informarse.


 

El nuevo libro de cuentos de autoría de María Celeste Torres Córdova, hace alusión a sus nombres; pues, ha decido bautizarlo con el título de María y la magia de los cuentos celestes 2. Emociona saber que a sus quince años (2017) haya producido ya su segundo libro de cuentos. María Celeste ha hecho de la literatura una pasión, una fuente de humanismo, de gracia y de una manifestación personal muy sentida para encarar la vida desde una propuesta motivante, subyugante, arrolladora por la fuerza emotiva, diáfana, transparente, sencilla y al mismo tiempo cuestionadora de las costumbres que los humanos hemos logrado crear, a veces desde el ángulo de nuestra bajas pasiones y malsanas actitudes contra el prójimo.


 

Si no hay una acción reflexiva a partir de lo que se comprende cuando se lee un texto determinado, muy difícilmente se podrá, luego, llevar a cabo una transferencia del conocimiento o una acción específica a un hecho concreto de la realidad exterior. Por supuesto que la acción reflexiva solo es posible cuando el lector se apropia de lo que lee, es decir, cuando le agrada lo que lee, cuando sintoniza con los contenidos o, más concretamente, cuando llega a la contemplación del conocimiento, a esa especie de interiorización que lo ilumina en lo más profundo de su contextura humana.


 

Es necesario insistir en la necesidad de apropiarse de lo que se lee. Cada lector, por supuesto, tiene una manera personal para adentrarse en el mundo de la lectura, a veces sobre la base de lo que más le gusta, en otros casos, por el gusto del estilo del autor, y, desde otra óptica, según sean sus necesidades personales y profesionales. En todo caso, cada lector “debe hacer del texto (…) un contenido comprendido y manipulable en cualquier contexto y, sobre todo, reaplicable en la solución de problemas reales” (Pérez, 2016, p. 11), incluso en la lectura de ficción que es la que con más rigor, desde el mundo de la estética recreativa, sabe plantear, validar y consolidar la pluralidad de vivencias humanas que dentro de su largo historial la sociedad vive en sus múltiples dimensiones axiológico-antropológico-ético-culturales.


En todos los niveles del sistema de educación escolarizada y universitaria, lo que más se debe hacer es aprender a pensar, a reflexionar y a emitir juicios críticos en torno a la realidad circundante y mundial de la ciencia, de la cultura y de la educación cívico-democrático-político-ciudadana. Y uno de los mejores instrumentos de reflexión está en el acto de leer y de escribir, y de conformidad con la experiencia que ante la vida tenga el ciudadano que, siendo alfabetizado, su deber consiste en poner en funcionamiento su más granado intelecto para aprender a  pensar con el mayor rigor que su formación personal le permita.


Galo Guamán Delgado y Luis Varela Estévez, ambos graduados como doctores en Ciencias de la Educación y ambos con una amplia experiencia educativa en la ciudad de Loja y en varias instituciones del país, tanto en el nivel medio como en el ámbito universitario, hoy nos entregan el producto de su sapiencia profesional y humanístico-científica  no solo en calidad de docentes sino de investigadores en lo que respecta a uno de los ámbitos, quizá el más delicado dentro del campo de  las ciencias pedagógicas: la evaluación de los aprendizajes.


Leer es convivir

Publicado en Columnista Enero 09 2018 0

En la medida en que uno conoce el mundo asume un modo de vivir; a mayor conocimiento de un asunto específico, el modo de vivir se amolda a esa circunstancia. Y, en definitiva, todo el conocimiento y la experiencia que un ser humano acumula con plena lucidez, es un modo de vivir. Y si una persona ha logrado incorporar, a lo largo de su vida, a la lectura en su modo de vida, es porque ha sabido incorporar a su mundo la vida de otros, y es, justamente, con la otredad, es decir, con el decir de los demás, en este caso, con la opinión, con el conocimiento y con la fuente viva de la palabra escrita de los demás que la vida personal de ese lector cobra una nueva mirada para experimentar el mundo desde esa circunstancia que siempre será profundamente enriquecedora. Hay, en este caso, un modo de vivir muy específico.


Para leer hay que bajar el rostro cuando se lee en físico, y si se lee en una pantalla, el rostro, la mirada, se dirigen al frente, pero no pueden pasar de la pantalla. Esta realidad física del rostro, y de la mirada, en especial, es anónima, e inaccesible porque, desde fuera, nadie puede saber cómo lee un lector, sea quien sea: culto, medianamente culto, conocedor a profundidad o no del tema que lee.


Las palabras, fundamentalmente, son actos de comunicación, en ellas va nuestra vida, nuestra manera de ser y de actuar; por ello, necesitamos robustecer la palabra de dignidad, y sobre todo de honestidad y de amor por la vida en todo lo que ella representa, de manera que sea nuestro lenguaje el que nos haga aparecer como verdaderos seres humanos, llenos de pleitesía, de imaginación, de conocimiento y de una potente creatividad para que las palabras se hagan realidad en cada circunstancia de vida.


A la realidad humana en general se la conoce mejor, se la interpreta y se la valora en la media en que sintamos un profundo amor por la palabra. Desde ella se conversa, se escucha, se lee y se escribe no solo para conocer la vida sino, y ante todo, para interpretarla de manera que sea factible una visión profunda para ver, para actuar y para recrear el mundo desde un modo de vivir que sea propio pero que al mismo tiempo contribuya a fortalecer el mundo de los demás.        


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