Quilanga, 07 de marzo 2024
Quiero compartirles una jornada de reflexión en un taller de directivos en el que nos correspondió reforzar conocimientos sobre los organismos escolares (Acuerdo MINEDUC 00078-A), a la vez reflexionar sobre su aplicación en los centros educativos, uno de ellos es la Junta de Curso, que se realiza al finalizar de cada periodo académico con la participación del docente tutor, docentes de horas clase, un delegado DECE.
La Junta de Curso, dice el art. 26 “es la encargada de analizar, en horas de labor educativa y fuera de clase, el desempeño educativo estudiantil; proponer acciones educativas a ser aplicadas a los/las estudiantes, ya sea de forma individual o colectiva, para mejorar el avance hacia los objetivos de aprendizaje”.
Hasta allí muy bien. Me pregunté, entonces ¿para qué las Juntas de Curso?, Al fin directivos y docentes la llevamos adelante cada periodo, cumplimos con lo establecido en el reglamento y los acuerdos ministeriales, la volvemos a repetir cada año académico, con diferentes estudiantes de grado. ¿Tiene sentido una Junta de curso para aquello?, la respuesta es un NO rotundo.
La Junta de Curso es de orden trascendente en la vida de los estudiantes, de los docentes, de los padres de familia, porque no solo vamos a medir aprendizajes, sino competencias y habilidades para su proceso de vida que le permitan a todos mejorar para poder transformar la vida de las personas y de la sociedad.
Esa Junta de Curso tan grabada en la acción educativa de ser meramente informativa, en donde se manifiesta calificaciones, juicios de valor, o de una letanía académica de cumplimiento del 100% de mi planificación, que sabemos, de antemano es irreal, le pierden sentido al valor de la Junta. Nada sacamos con contar lo que ya sabemos.
La Junta de Curso y perdonen repitan tantas veces el nombre del organismo, operativiza, ejecuta y evalúa la gestión pedagógica, por ello la reflexión debe estar orientada , primero a evaluar los compromisos y acuerdos del primer periodo y su nivel de logro, luego, en lo que debemos mejorar en el niño, niña y adolescentes (las destrezas a reforzar, planes de orientación a la mejor, de intervención psicopedagógica, de prevención, definición de objetivos, metodología y aplicación de la evaluación…); que debe ser inmediata en la acción educativa, en el siguiente periodo. Y, tercero, es un ejercicio individual y colectivo de mi desempeño profesional docente en relación a mi asignatura, mi metodología y los resultados cuali y cuantitativos de mis estudiantes.
Hay algo más que debe evaluar con criterio equilibrado, justo, solidario es el acompañamiento socioemocional, fruto de la evaluación diagnóstica. La actitud y aptitud del estudiante está siempre en función de su contexto social, ambiental, familiar. Por tanto, el encuentro con las familias en las jornadas extendidas es de valor significativo en la vida escolar.
Al finalizar el segundo periodo académico, hagamos de nuestra Junta de curso un espacio de reflexión, de compromiso. Que no sea una junta más del historial profesional. Decía el asesor, “en los docentes está la gran posibilidad de cambio y transformación”. Colegas, este puede ser el momento de la decisión definitiva. ¡Hagámoslo!
