La lectura como modelo de vida

La vida intelectual y espiritual se fortalece en la medida en que tengamos una influencia externa que nos sirva de modelo para que nuestra morada interior no se derrumbe en el primer impacto nocivo que quiera atropellar nuestra condición humana, la cual debe estar hecha para que la salud, la mente y el espíritu no se deterioren en la superficialidad de nuestras bajas pasiones; por eso, un modelo de vida que en primera instancia son nuestros padres, ciertos docentes, la selección de alguna amistad muy sentida y los cientos y cientos de ideas para aprender a pensar y a ver la vida desde una perspectiva más humana que los textos escritos desde todos los campos del saber le pueden brindar a un lector que se acerca a dialogar con ellos, serán siempre un referente para aprender a realizarnos en la vida.

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La construcción mental que la palabra engendra

Son múltiples las vaguedades, las ambigüedades, las malas interpretaciones, las dudas, las manipulaciones e incluso las mentiras y las trampas que genera el lenguaje humano en los individuos que, sea de la condición socio-educativo-cultural y económica que sean, no han podido desarrollar las habilidades de ejercicio humano-creativo-axiológico-antropológico-éticas que la lengua sí proporciona a los ciudadanos que en medio de nuestra cultura globalizada, tecnologizada y virtualizada se esfuerzan y se dedican al estudio personal libremente asumido de la lectura y la escritura, para desarrollar en su consciencia mental todo el potencial humano que la inteligencia lingüística, interpersonal, intrapersonal, emocional y espiritual nos pueden ofrecer para enfrentar nuestra realidad cotidiana de manera que las formas de vida en contacto con el prójimo sean más armónicas, más llevaderas y, ante todo, idóneas para generar ciencia, cultura, arte y humanismo con el entusiasmo y el buen talante que estas disciplinas nos brindan desde la elección de las palabras debidamente acertadas que escogemos para comunicarnos.

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Vivir la lectura hacia adentro

Así como el valor supremo de la Navidad es vivirla hacia adentro para que tenga el sentido primigenio de intimidad espiritual, así sucede con la lectura de un texto que el lector debe seleccionarlo con especial cuidado para que nuestro espíritu viaje por todo el universo de nuestra naturaleza humana para que desde el ritmo de nuestra cotidiana existencia nos conduzca a la valoración de la vida desde la meditación y el silencio de las palabras que vibran en la conducta de nuestra idiosincrasia personal si es que, en verdad, queremos que el eco de cada frase, de cada enunciado leídos se conviertan en los grandes gestores espirituales para conseguir, desde lo más profundo de nuestro ser, los logros pragmático-emotivos desde los caminos más loables que axiológicamente conducen al ser humano a la demostración de su más viva experiencia estético-cognitivo-antropológica.

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La intensidad visionaria de un buen lector

Cuando un texto leído nos encuentra inmersos en el cosmos de su naturaleza más sentida, es porque desde el silencio y la concentración más profundos acude a nuestro intelecto una intensidad visionaria tan profunda que es posible la exuberancia creativa para adentrarnos en territorios imaginarios en que lo increíble se vuelve creíble, lo fantástico se vuelve lógico y lo científico se hace real y oportuno para el disfrute de una política y axiología del lenguaje en que la palabra filosofa airosa, abundante, analítica y prolíficamente reflexiva para la adquisición de un significado humano tan propio y exquisito en cada porción de realidad textual que el lector ha sabido crear desde su más genuina condición hermenéutica.

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La metáfora del juego en el ámbito lingüístico

Los juegos son apasionados porque son eso: juegos que alimentan el bienestar del alma y del cuerpo. La acción hecha a través del juego distrae, rejuvenece, oxigena el ambiente y flexibiliza “a la memoria operativa como el núcleo central del sistema de procesamiento de la información” (Téllez, 2004) que recibimos a diario desde todos los frentes de nuestra relación socio-educativo-cultural, a la cual la procesamos (a esa información) según sean los intereses formativos para que cognitivamente sea la agilidad de nuestra mente la que construya los respectivos significados que fenomenológica, axiológica y hermenéuticamente dejan una huella de profunda fecundidad lingüística en el proceso de nuestra contextura humana.

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Lo que dices es lo que eres

El poder de la palabra en voz alta favorece intelectual y emocionalmente al niño y al joven que sabe empoderarse de su estilo personal para expresarse con perspectiva desde un comportamiento y situación específica de su escolaridad, lo cual crea un contexto especial en el escenario de su participación de disertador, o bien cuando lee textualmente, o cuando desde la lectura silenciosa, luego tiene el deseo ferviente de comunicarse para hacer sentir a los demás que en él o en ella no cabe la imposición ni la vanidad para intervenir, sino solo el deseo ferviente de expresar lo que siente frente al impacto del texto leído.

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El ambiente de la lectura en voz alta

Si la lectura en silencio nos ayuda a concentrarnos y a saborear el condumio de un texto bien escrito, la lectura en voz alta sostenida en ambientes adecuados produce en los niños una serie de beneficios en todos los órdenes de su vida escolar, familiar y socio-cultural; de ahí la necesidad de que se convierta en una práctica de rutina y de goce emotivo-espiritual en todos los años de la escolaridad inicial, básica y de educación secundaria, de manera que ese niño llegue a la adolescencia y a su juventud revestido de uno de los hábitos más trascendentes que la lectura tiene para comprender, por ejemplo, que “hoy en día el mundo necesita líderes (…) que sean capaces no solo de dirigir, de orientar a la gente, sino líderes que sean capaces de influir a las personas, que sepan transmitir un mensaje ético, de comunicar lo importante que es trabajar juntos [maestros, padres de familia y alumnos] para construir un mundo mejor” (Klaric, 2019) de manera asertiva, porque es nuestra capacidad de hablar la que nos permite comunicarnos con la más viva expresión de nuestra energía positiva.

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El placer de la oralidad y la lectura en voz alta

El pensamiento narrativo a la hora de ser verbalizado, es decir, a la hora de contar una historia, bien sea un cuento de la tradición oral, una narración artística, bien una leyenda, un mito, e incluso una historieta, o la creatividad que el niño o el joven tienen para imaginarse una ficción del momento, sobre todo de inventos que se salen de la lógica racional y coherentemente estructurada, obedece a esa circunstancia natural, espontánea y de juego que le surge con facilidad al infante desde el instante en que adquiere el habla.

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La función narrativa y la voz del lector

Galo Guerrero-Jiménez

Si el cerebro humano está adecuadamente estructurado para procesar mentalmente nuestra circunstancia narrativa, que es de la que estamos hechos neurológica y lingüísticamente, la palabra en cualesquiera de sus variantes comunicativas es la que nos distingue como seres humanos porque nos permite relacionarnos con eficacia y a través de una serie de recursos preestablecidos que nos ayudan a tomar las decisiones más adecuadas desde la creación de actitudes, sensaciones y condiciones favorables que tiendan a disminuir las dificultades objetivas, de manera que sea posible persuadir e influir en los demás (Coque, 2013) desde las diferentes funciones que el lenguaje humano tiene al respecto:

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