Galo Guerrero-Jiménez
Dado que vivimos en una era posnarrativa, por lo tanto, carente de sentido humano y de reflexión para expresar con la suficiente profundidad y con los más genuinos argumentos de idoneidad intelectual lo que le sucede al género humano y al mundo de la naturaleza desde la ciencia y desde las humanidades, disciplinas que nos ayudan, fundamentalmente, a tener una educación para entender, por ejemplo, el complejo mundo de la tecnología, que es la que se ha encargado de anular la narratividad por la informatividad y el dataísmo que desde la electronalidad, lo que permite en la mente de los internautas es que aprendan a ser consumidores de signos e imágenes, dentro de un discurrir continuo en donde varias cosas, tanto de datos como de información son consumidas al mismo tiempo, operando sobre varias ventanas del dispositivo electrónico, de manera que, la ansiedad por abarcar todo, no le permite pensar con rigor y estabilizar su postura psicosomática.
El aprendizaje, por lo tanto, desde la electronalidad, y a partir solo del amontonamiento de datos y de información, han hecho del internauta un apático para la narrativa, para el diálogo, para la reflexión, para el análisis, para el encuentro personal, para el encanto y la contemplación interior; en donde el misterio, el asombro, la magia y el aura que la palabra y las cosas engendran desde la narración, van perdiendo la mirada con la que se puede contemplar y actuar en el mundo; pues, “cuando las cosas pierden la mirada, pierden también su encanto, su aura. Entonces no nos miran ni nos interpelan. Han dejado de ser un tú y se han convertido en un ello mudo. Ya no se produce un intercambio de miradas con el mundo” (Han, 2023), sino solo con la frialdad de la pantalla y con la saturación del cerebro subconsciente que, ofuscado, solo asume la experiencia de la contingencia y de las reacciones emotivas del momento.
Por supuesto, “en la era posnarrativa, cuando cada vez es mayor la experiencia de que todo es contingente, las narrativas no desarrollan ninguna vigorosa fuerza de cohesión” (Han, 2023). Y, a ello se suma que, como señala Yuval Noah Harari, “más importante todavía es el hecho de que las revoluciones paralelas en la infotecnología y la biotecnología podrían reestructurar no solo las economías y las sociedades, sino también nuestros mismos cuerpo y mente” (2018), con lo cual, en este régimen de la información, antes que educarse desde una axiología estético-narrativa, lo hace desde la pantalla digital que no atrae para formar una comunión ontológico, más bien aísla a las personas que solo sirven para consumir y producir mensajes artificiosos, vacíos de una narrativa y de sentido para producir conocimiento y sabiduría.
Por eso, urge una educación que nos permita enfrentar esta era posnarrativa, puesto que, como afirma Augusto Cury, “educar es practicar el más bello complejo arte de la existencia. Educar es tener esperanza en el futuro, aunque el presente nos decepcione. Es sembrar con sabiduría y cosechar con paciencia. Es ser un gambusino que busca los tesoros del corazón” (2022).
Para ello, de dejar de consumir tanta información digital, hay que evitar lo que sobre la educación analiza Joaquín Rodríguez: “No es solamente que la ‘escuela’ haya sido ‘la más importante agencia oficial de control y socialización directa destinada específicamente a las nuevas generaciones’, sino que algunos Estados han llegado a desplegar una maquinaria alfabetizadora global cuyo propósito principal ha sido el de domar, adiestrar y domesticar basándose, fundamentalmente, en la lectura de un libro único o en la prescripción incontrovertible de lo que resultaba legítimo leer” (2023). Naturalmente, las formas de leer en la posnarrativa, tanto desde la electronalidad, cuanto desde la lectura de un libro único solo para adiestrar al educando, le impide reflexionar para desarrollar la sabiduría de lo incierto.
