Galo Guerrero-Jiménez
Saber hablar, por lo regular no es difícil, aunque depende del ámbito de la formación y de la contextura ecológico contextual en la que cada uno asume su educación y su ocupación diaria, y en la medida en que toma conciencia del poder lingüístico para comunicarse, sabiendo que el poder comunicacional al hablar es la puerta de entrada hacia una adecuada relación lingüística en la familia, en la educación formal y en las relaciones interpersonales, sociales, culturales, económicas, ocupacionales y profesionales; tal es así que, “el saber hablar siempre se ha entendido como un elemento diferenciador de clases, una señal de poder socioeconómico, de prestigio sociocultural, de buena educación, cuando no de tolerancia, como uno de los aspectos fundamentales de eso que llamamos saber estar” (Briz, Albelda y Fernández, 2008) con uno, con los demás y con la naturaleza, de manera que nuestra formación lingüística intrapersonal, interpersonal y, ante todo, intercultural, nos encamine al campo de la educación, de la ciencia experimental y de la ciencia experiencial, más concretamente, denominada ciencia humanística, y que, a más del saber hablar, se la adquiere desde la formación pausada, estudiada, meditada, reflexiva, filosofada y analíticamente asumida en la lectoescritura.
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