Rafael Riofrío
El Mayo francés de 1968 no fue un estallido espontáneo de rebeldía juvenil, sino una ofensiva estratégica contra la estructura misma del capital. En París, la “grieta abierta” desnudó la fragilidad de un sistema que, bajo el barniz de la estabilidad de posguerra, sostenía su hegemonía mediante el autoritarismo y la disciplina fabril. Fue la impugnación radical de un modelo que pretendía reducir la existencia humana al ciclo alienante de producción y consumo. Aquella revuelta marcó el fin de la pasividad social.
La chispa en la Sorbona y otras universidades trascendió el ámbito académico para golpear el corazón de la superestructura burguesa. Las barricadas no solo enfrentaron a la policía, sino que dinamitaron la jerarquía patriarcal y el elitismo intelectual. Consignas como “La imaginación al poder” fueron verdaderos programas de acción política: la exigencia de reapropiarse de la vida frente a un Estado que gestionaba la miseria existencial. Fue un ensayo de autogestión que desafió la propiedad privada del poder y la moral conservadora.
La mayor lección política reside en la potencia de la unidad obrero-estudiantil. Cuando diez millones de trabajadores paralizaron Francia, la producción se detuvo y el poder político quedó suspendido en el aire. No obstante, la mirada militante debe ser implacable con las claudicaciones de aquella izquierda burocrática y de los sindicatos entreguistas que actuaron como bomberos de la revolución. Al reducir la crisis política a una negociación salarial con el gobierno y los empresarios, priorizaron la supervivencia del aparato opresor sobre la ruptura con el régimen. Fue esa visión reformista la que salvó la vida al capitalismo en su hora más crítica, traicionando el desborde popular.
El legado del 68 es estrictamente emancipador: demostró que la lucha de clases desborda la fábrica, infiltrándose en la cultura y la subjetividad. Hoy, ante un sistema que profundiza la exclusión, recuperar ese espíritu es un imperativo ético. No recordamos aquel mayo con nostalgia, sino como un manual de resistencia que prueba que el orden establecido es reversible. Para el Ecuador actual, la lección es clara: solo la alianza inquebrantable entre los sectores democráticos y plurinacionales, permitirá vencer a la oligarquía que lucra con el caos. Superar la crisis exige organización frente al poder económico, recuperando la convicción de que la unidad es la única capaz de convertir la indignación en una victoria real y necesaria para nuestro pueblo.
