Los días van muriendo lentamente
en las negras cortinas de mi pieza,
en los labios de este íncola demente
que dibuja una mueca de tristeza.
Las sombras mensajeras de fantasmas
me envuelven con sus túnicas glaciales
pretenden coagular mis blancos plasmas
e hincarme sus caninos naturales.
La muerte deambula en mi tejado
haciéndome escuchar su cruenta carga,
rendido me dirijo al esperado
encuentro con su bilis siempre amarga.
Mi cuerpo sostenido por las aves
retoza sobre cruces camposantas,
no puede conciliar sus sueños graves
y raudo se sumerge en raudas plantas.
Despierto con la lengua entre los dientes,
cansado de mis sueños infernales;
camino por las calles displicentes
tratando de olvidar todos mis males.
