Galo Guerrero-Jiménez
Toda actividad humana para que sea bien realizada exige esfuerzo, disciplina, tesón, pasión, esmero y debe ser promovida cognitivamente a la realización de buenas acciones que axiológica y lingüísticamente sean encaminadas a sentir un gozo estéticamente asumido no solo en la acción que en ese momento se lleva a cabo, sino a la satisfacción personal para que energéticamente, a partir de ese gozo interno, vibre en toda la corporalidad una compostura cultural a partir de la cual el sujeto sienta la necesidad de comunicarse al menos con la colectividad a la cual se debe social y profesionalmente.
Eso debe suceder con la lectura y la escritura de un tema determinado que, siendo de mi incumbencia, debo incorporarlo a mi espacio socio-educativo-cultural con esa pleitesía que esa palabra distribuida a lo largo de todo el texto me llama para insertarla como lo más valioso que se tiene en la familia, en el hogar, en el lugar en donde vivo o en donde trabajo o estudio, o investigo, es decir, en las diversas acciones que entretienen mi vida; ahí debe calar el texto, como algo muy substancial; pues, saber que su presencia es una compañía especial que siendo un objeto más, ejerce un poder de atracción intelectual y emocional porque la trascendencia de sus palabras, de ese lenguaje que reposa en cada página debe considerárselo como si fuese nuestro cuerpo, o como el aire que respiro, o como el sol que nos da su luz, o como el agua que, si me falta alguno de estos elementos, mi vida corre un riesgo existencial.
Así debe ser el texto: algo vital, que no debe faltarme nunca, porque, cuando la palabra falta, la esbeltez de la vida desaparece y, por ende, mi mente, mi poder subjetivo languidece como una flor cuando se marchita; de ahí que, aquel que no ha incorporado a la palabra textual como algo valioso, vive marchito en el trayecto de su vida. Pues, sin lenguaje, o sin la frescura de la palabra que reposa en el texto, somos como el texto-objeto que en una estantería permanece olvidado, nadie lo abre para leerlo, para darle vida, tal como el testimonio que Margarita Borja emite con asombro frente al poder que en ella ejerce un libro y, en especial, cuando se lo relee; al respecto señala: “Vuelvo a leer este libro. Asombrada, como si fuera la primera vez, ante la belleza de las palabras, imágenes, pensamientos (…) o todas esas voces que resuenan enlazadas como un río donde confluyen todas las aguas. Fluyen las palabras como si flotaran río abajo al ritmo de una música silenciosa que va marcando el ritmo de nuestra imaginación. (…) De repente siento (…) la importancia, el poder del libro como objeto, su presencia, su compañía, toda la verdad que emana de las cosas que han estado, que han sido paralelamente a nuestros cuerpos y que desafiando al tiempo continúan unidas a nosotros en el espacio” (2024).
El libro, su palabra, en efecto, va marcando el ritmo de nuestra vida. “En el lenguaje se hace presente un universo ético que configura los ideales, los sueños y, tal vez, las utopías del existir. (…) El lenguaje no solo es un medio de comunicación: es un mundo por conquistar cada día a la luz de ese ideal ético que convierte a la existencia humana, a pesar de todas las violencias y adversidades, en una empresa gozosa, en un asombroso destino” (Lledó, 2022), incluso, o quizá por eso mismo, con más ahínco, buscar al libro como refugio frente a la arremetida de las tecnologías. Como señala Borja: “He ido abandonando el papel para resignarme a la lectura en pantalla, una experiencia que, ahora lo veo claramente, no me basta. La tinta electrónica carece de la sangre necesaria para celebrar el ritual sagrado de la lectura. No tiene páginas de papel que se despliegan como alas, no huele, ni suena, ni acompaña como lo hace un libro entre las manos, dormitando sobre el velador, despatarrado sobre la cama; erguido, enigmático y soberbio, sobre las estanterías que embellecen nuestras paredes” (2024).
