Galo Guerrero-Jiménez
Una democracia sin lectores se convierte en un pueblo sin ilustración y sin deseos para trabajar y disfrutar bajo los parámetros humanísticos que sí nos depara la vida cuando aflora cognitiva, ecológica y lingüísticamente la sabiduría de vivir a través de la lectoescritura que siempre exalta una serie de circunstancias trascendentes desde una actitud axiológica, estética y ética del lenguaje, gracias a la capacidad de la imaginación para inventar, crear, recrear y fortalecer el intelecto y la emoción racionalmente asumida para marcar una narrativa filosófica, científica, literaria y humanística en la trayectoria estudiantil, profesional, cultual, sociológica y psicológicamente asumida en armonía con la influencia altamente formativa, e incluso divertida, que se consigue leyendo, escribiendo y escuchando desde el silencio más profundo la voz del texto, que clama por una adecuada fluidez de nuestros pensamientos y emociones.
En este orden de circunstancias, el libro o la alcurnia que posee un texto en general, debería seguir conservando el afecto y el cuidado que se merece, tal como hoy, en esta era de la información digital, se lo hace con el teléfono móvil: “A causa de su universalidad, los teléfonos inteligentes están unidos a nosotros de una manera mucho más íntima que cualquier otro dispositivo mediático que haya existido; por ello, no hemos pasado nunca con ninguno tanto tiempo ni tampoco hemos hecho tantas cosas con él” (Kovac, 2022) para que haya influido y siga haciéndolo tan drástica y dramáticamente en nuestra conducta humana, marcando con ello emociones y pensamientos diversos tanto intelectual, psicológica, sociológica, cultural y neuro-lingüísticamente.
Así debe estar unido el libro al cerebro, a la cognición más sentida, marcando una trayectoria de unicidad, como si formase parte de nuestro cuerpo, tal como hoy, en la era de la pantalla y de la yema de los dedos, tiene sentido acercarse a la “pantalla” de un libro, es decir, de sus hojas que, con la mirada y el accionar de los dedos, se avanza en la lectura asumiendo tonos y matices que forman parte de ese lenguaje textual que recorre la mente de ese lector, siguiendo la pista de esa información que debe ser leída narrativa y concentradamente, para que se convierta en conocimiento y, en especial, en una sabiduría tan personal con la que el lector, de conformidad con sus procesos biológicos, sociológicos, culturales, químico, físicos, psicológicos, económicos y ecológico-contextuales, pueda adentrarse en ese conjunto de letras, de palabras, de enunciados, que deben ser degustados con ese ingrediente mágico, atrayente, asombroso, luminoso, reflexivo, dialógico y de intriga que queda al concluir la lectura de un tema que siempre debe ser del agrado de quien se aventura a saborear intelectual y emotivamente ese conjunto de lenguaje.
Leer narrativa, filosófica y reposadamente es lo que cuenta en un libro que debe seducirnos, tal como lo hace el régimen de la información digital que está logrando una nueva forma de ser, porque “no actúa reprimiendo, sino seduciendo. Ese régimen asume una forma inteligente y refinada. No actúa a base de mandatos y prohibiciones. No nos obliga a callar. Sino que este poder inteligente y refinado nos anima constantemente a que comuniquemos nuestras opiniones, necesidades y predilecciones, a que contemos, posteemos y compartamos nuestra vida, y a que nos guste” (Han, 2023). El problema de esta realidad informática es que, el lector de pantalla llega a saturarse con tanta información, lo cual ya no le permite tener un control consciente. He ahí, la crisis del ser.
