Galo Guerrero-Jiménez
El placer de leer un libro va en consonancia con la libertad que el lector tiene para acercarse al texto que sea de su agrado, aunque, en muchos casos, no es el contenido en sí el que genera el deleite, ni la forma como esté estructurado, sino el ritmo, la elegancia de las palabras distribuidas en su concepción semántico-morfosintáctico-pragmática y la profundidad con la cual el escritor las presenta agradables, sustentables, gratas, a veces, cargadas de una elevada sintonía ideológica que quizá no sea de la incumbencia del lector, pero la majestuosidad del lenguaje a través de la argumentación, de la descripción y, ante todo, de la narratividad y la ponderación filosófica que el lector logra olfatearla gracias a la avidez del conocimiento que lo atrae desde su mejor consistencia psico y neuro-lingüísticamente, para alcanzar esa festividad rítmica que está plasmada en el texto y la mente del lector que, cautivado por el ritmo de su condición intelectual y afectiva, ha logrado un deshojamiento de significados literarios, humanísticos, científicos, filosóficos… los cuales, elegantemente sincronizados en su cognición, producen una explosión imaginaria, recreativa, ideológica y, por ende, altamente pensante, sugerente, reflexiva, dialógica, monológica, nomológica, narrativa y quizá, poético-discursiva, dependiendo de la efervescencia personal de ese asiduo lector.
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