El libro potencia la cultura y la narrativa

Galo Guerrero-Jiménez

Lo primero que debe distinguir a un estudiante y a un docente de todos los niveles educativos, a un profesional de cualquier carrera o disciplina temática, e incluso a todas las personas que desde cualquier ocupación se ganen la vida honestamente para hacer presencia en la sociedad a la cual se deben, es la de leer un libro o un artículo científico o de reflexión que tenga que ver con su ocupación, para que estos modelos de lectura marquen una relación subjetiva, es decir de apropiación intelectual y emocional en el campo cognitivo, lingüístico, estético y en acomodo a una ética situacional, en la que, según su contexto de vida, la lectura se convierta en una gran oportunidad personal para crecer axiológicamente y, así, aparezca permanentemente una marcada intimidad y familiaridad con el campo de las letras, tal como hoy sucede con un dispositivo electrónico: el teléfono móvil o celular, al cual lo tenemos siempre a mano.

A más de robustecer la profesión u ocupación, la lectura de un texto, y si es en papel, mucho mejor, o aprovechando todos los medios de comunicación hoy electrónica, virtual e informáticamente disponibles, nos deben llevar a una trasformación interior de nuestra vida, y en orden al comportamiento que asumimos tanto en la sociedad, en la cultura, en la educación y en la familia, de manera que no seamos meros consumidores de información y de datos electronales que aparecen en un pantalla en un intercambio acelerado y fugaz de información, y no de narración, como debería ser, para que ese discurso leído a cabalidad, sea un gran estimulador crítico y de reflexión profunda de la realidad y de la vida en general, en especial, de aquella con la que más nos relacionamos y, por ende, que nos afecta en nuestra cotidianidad.

Leer, ante todo, porque “en el camino del progreso que, a pesar de todo, señala el inmenso universo de experiencias y abstracciones de las palabras, el libro, más allá del latido de cada instante en el que hablamos, sirve, entre otras cosas, como surco que conserva y hace florecer las historias singulares o colectivas que constituyen una parte esencial de la cultura” (Lledó, 2022).

Una cultura que, poco a poco, lo encumbra al ser humano a valorar esa palabra leída o escrita para que adquiera la suficiente capacidad de pensar con rigor, con libertad y con responsabilidad. Pues, ese don cultural que la lectura nos proporciona aparece porque “la cultura es creación humana. La naturaleza no se cultiva a sí misma, sino que es el hombre el que, trabajándola, imprime en ella el orden que le sea conveniente para sus fines. La naturaleza no cultivada es salvaje, peligrosa, no responde a fines humanos, de la misma forma que el hombre no cultivado tampoco se pone fines a sí mismo, sino que es preso de su condición animal” (Laje, 2022) y no del lenguaje de su ser, el cual debería ser ontológica y cognitivamente sentido.

Por eso, cultivar al hombre desde la lectura de un buen texto, sea humanístico, científico, técnico, literario, etc., es decir, según su interés de proyección profesional o de ocio, es encaminarlo a la práctica de una comunidad narrativa, sobria, altamente pensante, porque suscita asombro, capacidad de observación y de conversación, y lo mueve a la reflexión y a la escucha atenta de ese conjunto de lenguaje narrativo, convertido en poético, o quizá en filosófico, que discurre desde la sabiduría que el lector va logrando con calma, con sosiego.

Pues, desde la lectura narrativa, el lector atento traza un discurso personal, emotivo, propio; se da cuenta que no es la información, sino “la narración lo que lo eleva a la vida por encima de su mera facticidad (…). Narrar consiste en darle al tiempo un comienzo y un final. Sin narración, la vida es meramente aditiva” (Han, 2023), sin sentido humano de la palabra que debe ser vivible.