Galo Guerrero-Jiménez
La oralidad y la escritura cuando privilegian la esbeltez que la narrativa tiene elevada a la categoría estética desde la organización lingüística y cognitiva del lenguaje, para fortalecer el pensamiento reflexivo, crítico, dialógico, democrático y de consideración emotiva que se engendra en cada persona, para que aflore la alteridad y la más viva comunicación ontológica y de comunión que una comunidad debe practicar permanentemente para cuidar y fortalecer su accionar humanístico en su diario vivir, lamentablemente, se está desmoronando con la arremetida de la inteligencia artificial.
Desde el ámbito narrativo siempre aflora la ternura y el cuidado por la persona; pues, la narración fortalece la presencialidad y crea un significado altamente simbólico tanto al verbalizar el lenguaje, al escribirlo, al leerlo y al escucharlo desde una contextualidad específica en la que la existencia humana es vivida a plenitud, dado que el contacto narrativo que es intra e intersubjetivo, siempre se convierte en relevante y creíble; mientras que en la electronalidad, es decir, en el orden digital, por ser informativo, cargado de datos y no de narrativa, se convierte en numérico, por ende, carente de historia, de memoria y de verdad.
La existencia humana desde la narrativa es vivible, festiva, atrayente, solidaria y, por ende, cargada de fe en la verdad y en el impacto humano que tiene el poder de la subjetividad de cada individuo; en cambio, en el régimen electronal de la información, la actitud pensante y de reflexión se diluye; se convierte en un triste saco de datos, sin afecto, sin alteridad. “La información circula ahora, completamente desconectada de la realidad, es un espacio hiperreal. Se pierde la creencia en la facticidad. Vivimos en un universo desfactificado. Junto con las verdades fácticas desaparece también el mundo común al que podríamos referirnos en nuestras acciones” (Han, 2022) cotidianas y mundanamente realizables.
En el régimen de la información, la forma de leer anula la riqueza que el lenguaje tiene desde la narratividad; incluso, anula su propia condición humana porque no le permite pensar por sí mismo. Como señala el escritor Alberto Manguel, “para los usuarios de la Red, el pasado (la tradición que conduce a nuestro presente electrónico) es irrelevante, ya que lo único que importa es lo que se ve en un momento determinado. Comparado con un libro cuyo aspecto físico delata su edad, el texto que traemos a la pantalla no tiene historia. El espacio electrónico carece de fronteras. Se encuentran en él sitios -es decir, patrias definidas y específicas-, pero ni lo limitan ni lo poseen; son como agua sobre agua. La Red es casi instantánea, no ocupa tiempo alguno excepto la pesadilla de un presente constante. Superficie sin volumen, presente sin pasado, aspira a ser (y así se anuncia) el hogar de todos los usuarios, que pueden comunicarse entre ellos a la velocidad del pensamiento. Esta es su principal característica: la velocidad” (2007).
El vector de la velocidad en el orden digital provoca adición a la información electronal, que no es narrativa, aunque “está haciendo furor la moda del storytelling, que es el arte de narrar historias como estrategia para transmitir mensajes emocionalmente, pero lo que hay tras esa aparatosa moda es un vacío narrativo, que se manifiesta como desorientación y carencia de sentido. (…) Se hace un uso inflacionario de estos conceptos precisamente cuando las narraciones han perdido su fuerza original, su gravitación, su misterio y hasta su magia. Una vez que las hemos calado en su artificiosidad, pierden su verdad intrínseca” (Han, 2023) y, por ende, pueden contarse, pero no narrarse, puesto que la acumulación de datos al ser meramente informativa, se convierte en deformativa, puesto que circula sin referencia alguna a la realidad.
