Verdad, información y lectura exigua en la era digital

Galo Guerrero-Jiménez

En la sociedad de la información, programada desde los diversos medios tecnológicos y virtualizados, la verdad, la reflexión y el debate de ideas como vector de humanismo,  no va a ninguna parte porque se pierde  en el tráfago y en el ruido que engendra la trivialidad de esa información; a eso se debe que los procesos de lectoescritura no permiten una proyección humanísticamente enriquecedora, es decir, “una pasión más humana, una pasión por la lectura pura y desinteresada” (Woolf, 2016), en la que esa escribalidad, esa oralidad y esa interacción tecnologizada le permita al estudiante internauta darse cuenta que el mundo virtual no es más que un invento que, como tal, no nos debería impulsar a convertirnos en seres anfibios, es decir, que “entramos y salimos de la ficción como una rana sale del agua, sin esfuerzo y a veces sin darnos cuenta siquiera de que cambiamos de medio” (Sigman, 2022).

La verdad estabiliza la vida porque la orienta, le da pautas de grandeza humana; y ella, que aparece elocuente, digna, altiva, sincera, gracias al esfuerzo humano de los estudiosos, los pensadores, los investigadores, los científicos, los humanistas, los artistas, los académicos, los filósofos, en fin, de todo ciudadano que se enmarca en una fuente de valores que son vitales para actuar en orden a esas concepciones fidedignas que la verdad tiene para proyectarse desde la información, el conocimiento y la sabiduría que le deberían ser inherentes a todo ente humano que axiológica y micropolíticamente se enfrenta a diario con los acontecimientos mundanos de la vida, entre ellos, el accionar tecnológico al que nos vemos sometidos hoy, todos los ciudadanos alfabetizados e inmiscuidos en el tráfago de la era digital.

Sin embargo, como señala Byung-Chul Han, “la verdad posee una temporalidad muy diferente de la de la información [electronal]. Mientras que esta tiene una actualidad muy exigua, la duración caracteriza a la verdad. Por eso estabiliza la vida (…). La verdad nos proporciona un sostén. Es ‘el espacio en el que estamos y el cielo que se extiende sobre nuestras cabezas’. La tierra y el cielo pertenecen al orden terreno, que en la actualidad va siendo sustituido por el orden digital (…). La verdad posee la firmeza del ser. En el orden digital, la verdad da paso a la fugacidad de la información. Hoy vamos a tener que conformarnos con la información. Es evidente que la época de la verdad ha terminado” (2022), lamentablemente.

Pues, este exceso de información que el internauta no la puede digerir bajo estos tres niveles de información, conocimiento y sabiduría que, en cambio, sí es posible cuando se asume una conducta reposada y bien pensada axiológica, estética, metalingüística y metacognitivamente desde la lectura de un texto, elegido libremente, y aprovechando la tecnología de la imprenta, y/o la virtual, porque ahí sí se tiene la oportunidad de saborear la verdad de ese conjunto de lenguaje que desde todos los ámbitos contextuales posibles y vivibles que el erudito en calidad de autor la ha escrito, hará posible, también, que el lector, ya no como internauta, se vuelva erudito, pensante, actuante, puesto que, como señala la escritora británica Virginia Woolf:

“El erudito es un entusiasta sedentario, concentrado, solitario, que busca en los libros en su afán de descubrir una determinada pizca de verdad, en la cual ha puesto todo su empeño y todo su corazón” (2016) para informarse de esa verdad con entusiasmo, porque sabe, como asevera el filósofo Fernando Savater (2003), que la información nos presenta los hechos y los mecanismos primarios de lo que sucede; el conocimiento, que nos encamina a reflexionar sobre la información recibida, jerarquiza su importancia significativa y busca principios generales para orientarla; y, la sabiduría, que vincula el conocimiento con las opciones vitales o valores que podemos elegir, intentando establecer cómo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos.