Humano es el ser que lee narrativamente

Galo Guerrero-Jiménez

Alimentarse de la savia de un texto es dejarse afectar por la palabra de alguien que está fundamentado por el espíritu dialógico. Leer es releer, regresar una y otra vez sobre los libros que nos interpelan, esos que nos siguen sacudiendo como la primera vez (Mèlich, 2019), no tanto porque ahí consta esa palabra impresa que parecería inmutable, como de hecho sí lo está cuando el estudiante solo toma a la lectura como un mero instrumento para cumplir con la orden que ha recibido de su docente para que simplemente verifique qué es lo que dice el texto para elaborar mecánicamente la tarea. En este caso, cuando el lector logra detectar otros modos de lectura, se establece una relación narrativa entre el potencial filosófico que esta relación textual nos provoca para reflexionar sobre nuestra condición humana, ahí aparece el lector.

La relación con el libro debe ser una relación ontológica, porque se trata de un congénere. Pues, en el texto está la persona viviente, está su palabra enfrentándose a un tú, que es el mismo yo que dialoga, que cuestiona, que hace un planteamiento sobre la vida, que puede ser desde la vertiente de la ciencia, del humanismo, de la literatura; en fin, según la temática que sea de dominio de ese congénere que aparece en el texto de frente ante la otredad y desde una alteridad vivificante, narrativa, filosófica, dialógica, e incluso, poética, profunda en humanismo.

Tal como señala el filósofo de la lectura Joan-Carles Mèlich: “Los seres humanos hemos inventado una ‘cosa’ distinta a todas las demás y a todos los objetos e instrumentos que hasta ahora hemos mencionado, el libro. No solamente somos ‘seres-en-el-mundo’, también somos ‘seres-con-las-cosas’ y ‘seres-con-los-libros’, seres ‘en-relación-con-los-libros’. El humano es el ‘ser que lee’, y lo hace incluso antes de que existieran los libros, porque no puede eludir los mitos, los relatos y las historias. Somos, querámoslo o no, seres ‘enredados en historias’” (2019), es decir, en narrativas que hoy quieren ser anuladas por la tecnología digital y electronal que hace de las narraciones una mera información o contabilidad de datos que en forma de mercancía pretende aislar a las personas convirtiéndolas en simples consumidores.

En este orden, la pantalla digital que está remplazando al texto en físico, no conforma ninguna comunidad ni dialógica ni narrativa. Por supuesto que, como cuestiona Byung-Chul Han: “En pleno piélago de informaciones y de datos, buscamos anclajes narrativos. En nuestra vida diaria hoy cada vez nos contamos menos historias. La comunicación como intercambio de informaciones paraliza la narración de historias. De igual modo, en las plataformas sociales apenas se cuentan ya historias. Las historias al fomentar la capacidad de empatía, crean vínculos entre las personas. Generan una comunidad. En la época del [teléfono inteligente], la pérdida de empatía es una elocuente señal de que ese aparato no es un medio para narrar. Ya su dispositivo técnico dificulta contar historias. Teclear o deslizar el dedo no son gestos narrativos. [El teléfono inteligente] solo permite un intercambio acelerado de información” (2023).

En cambio, el libro también corre el peligro de leerlo como instrumento de información, con lo cual ese lector, que no es lector propiamente, sino un mero consumidor, ha perdido la oportunidad de adentrarse en la vida desde una comunidad narrativa, y por eso huye del texto, tal como sucede en la escolaridad. Apuntar a una lectocracia narrativa sería lo ideal, “como un ejercicio personal y colectivo que reclame la vigencia de la utopía humanista, que rescate esos principios de la ascesis lectora compuestos de paciencia y tenacidad, indagación y reflexividad, contención del juicio y escucha activa, fundamentos todos del espíritu y el pensamiento críticos” (Rodríguez, 2023), tan venidos a menos dada la influencia de la informática digital.