Continuamos con el relato de la vida de Monseñor Leonidas Proaño, a quien va dedicado el mes de agosto. Hoy conoceremos la vida del adolescente y joven Proaño, antes de ser sacerdote, a partir de varios textos de su autobiografía “Creo en el hombre y en la comunidad.”
“Mis padres no fueron precisamente ‘piadosos’. Fueron cristianos normales y corrientes, en el sentido de que no eran amigos de lo que el pueblo llama ‘beaterías’.
A más de las enseñanzas religiosas que me daban en casa, mis padres se preocupaban también de que concurriera infaltablemente al Catecismo Parroquial de niños. Por otra parte, debo decir también que iba con gusto y prestaba toda atención a las palabras del párroco.
No éramos fiesteros ni amigos de tomar parte en romerías. Solamente una vez organizó mi padre un viaje, la mayor parte a pie, hasta el santuario de las Lajas (Colombia). Fue cuando terminé mis estudios secundarios y de una manera enteramente distinta a lo que suele ser una romería. El propósito era pedir a Dios por medio de la Virgen luz para escoger el camino que debía seguir en mi vida.
Por este motivo, debe hablar ahora de mi primera comunión. La hice fuera de mi pueblo, cuando tenía siete años. Pasaba una temporada en casa de un tío paterno, cuando llegaron a la población en donde él vivía los misioneros lazaristas. Su permanencia fue relativamente larga y uno de los misioneros se encargó de la preparación de los niños a la primera comunión. Por esta razón, la hice fuera de mi pueblo.
Este acontecimiento tiene relación con mi vocación al sacerdocio, porque el misionero que nos preparó me dijo, después de la misa de primera comunión: cuando seas más grande, te esperamos en el seminario. Yo no sabía lo que era el seminario, pero la invitación se me grabó en la memoria.”
A esta altura del relato de la vida de Monseñor Proaño, él mismo nos revela su primera vocación en sus años de adolescente: “Mi sueño era ser pintor… Mis padres ya lo sabían. “
Sin embargo, el párroco llega a la casa de los padres de Monseñor Proaño y les dice: “Tienes que ponerlo en el seminario. Objetó mi padre que éramos pobres y no estábamos, por lo mismo, en condiciones de sufragar los gastos del seminario. Con mayor severidad aún, el párroco conminó a mi padre: si no lo pones en el seminario, te irás al infierno. Dicho esto, se despidió.”
“Mis padres quedaron preocupados. Me consultaron. Y acabaron por resolver que me enviarían al colegio-seminario San Diego de Ibarra. Llegado el mes de octubre de 1923, acompañado de mis padres y de algunos familiares, fui a matricularme en el seminario.
Me adapté fácilmente al reglamento y a las costumbres del seminario, de acuerdo con el reglamento, todos los días concurríamos a la misa, dedicábamos a la meditación un cuarto de hora, rezábamos el rosario, hacíamos el examen de conciencia, repetíamos las oraciones de la mañana y de la noche, naturalmente en horas oportunas. En este ambiente, mi vida de piedad se volvió intensa, aunque no exenta del peligro del rutinarismo.
El problema de elección de un camino para mi vida me acució al final de mis estudios secundarios. Pasé por una auténtica crisis… La crisis se resolvió a los pocos días de mi permanencia en el Seminario Mayor.”
