Sacar punta al lápiz

Diego Lara León

Cada vez que converso con mis alumnos, sobre todo con quienes están en los últimos ciclos de la carrera universitaria, su mayor preocupación es “¿a qué me voy a dedicar?”. El mundo de hoy es tan competitivo que requiere una especialización muy fuerte.

Pero la realidad es otra, en el Ecuador el 59% de los profesionales trabajan en algo que no estudiaron en la universidad. Eso como todo en la vida es malo, pero también bueno. En mis editoriales siempre recalco que la vida no es solo blanco o negro, es una escala de grises, los resultados dependen del entorno, de las circunstancias, del momento.

Hace unos años unos alumnos de postgrado me pusieron un reto, me pidieron que les explique con un ejemplo, porque no es tan malo trabajar en lo que uno no estudió.

Ojo, no quiero decir que no ejercer la profesión esté bien, lo que quiero decir es que depende de las circunstancias. Recordemos que quien alcanza el éxito es quien sabe adaptarse y aprovechar las circunstancias, resiliencia le llaman hoy. Alguien alguna vez me lo dijo y yo lo he comprobado, si trabajas en aquello que te gusta, en aquello que te apasiona, eso no es trabajo, eso es una bendición.

Pero, volvamos al reto que me pusieron mis alumnos.  Me puse a buscar ejemplos para la siguiente clase; y, encontré “el cuento de la afiladora de lápices”.

Una mujer decidió un día que su máximo deseo era convertirse en escritora. Salió temprano de su casa y compró mil lápices y un brillante sacapuntas. Desde ese momento su familia debería hablar susurrando y evitar hacer ruidos, la casa sin dudarlo silenciosa para no molestar a su escritora preferida. Esa misma tarde se sentó en su escritorio con vista a la montaña, tomó uno de los lápices, lo afiló esmeradamente con el brillante sacapuntas y se dispuso a escribir su libro.

Pasaron las horas, pero “no llegaba la musa”, y mientras esperaba la inspiración afiló con dedicación muchos otros lápices con el cada vez menos nuevo sacapuntas. Al final del día no había redactado una sola palabra.

Todas las mañanas afilaba sus lápices y se preparaba para cumplir su sueño de escribir un libro.

Un día se dio cuenta de que jamás lograría empezarlo y terminó de afilar con deleite y perfección el resto de los mil lápices que le quedaban, con el ya desgastado sacapuntas. Y así, sin quererlo, se convirtió en la campeona del mundo afilando lápices. Si sacar punta a los lápices fuera deporte olímpico, ella sería medalla de oro.

Y ustedes, ¿ya saben en qué pueden ser campeones olímpicos?

@dflara