P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La literatura bíblica plantea preguntas y ofrece respuestas acerca de los cuestionamientos que el hombre tiene en su vida. La complejidad de la creación suscita inquietudes y exige claridad en torno a lo que ve y escucha. Uno de los interrogantes que surgen para satisfacer la curiosidad innata tiene que ver con el nombre de Dios y su presencia en la historia.
El segundo libro de la Biblia, el Éxodo, plantea el problema de la identidad de Dios: ¿Quién es Él? ¿Cuál es su nombre? Moisés, un líder comprometido con una tarea difícil, liberar y guiar al pueblo de Israel desde Egipto hacia una tierra que promete plenitud y satisfacción espiritual y humana, siente la responsabilidad de dar razón de su fe. Después de llevar a su rebaño más allá del desierto, hasta el monte Horeb, sufre la fascinación de un encuentro con lo inexplicable.
Una zarza ardía sin consumirse. La voz, que lo llama por su nombre, le pide acercarse con algunas condiciones: los pies descalzos y una actitud de adoración en un espacio privilegiado: “El lugar que pisas es tierra sagrada”. Dios da a conocer su nombre: “Yahveh”, “Yo soy”. La respuesta de Dios ante la pregunta de Moisés resulta comprensible y justificada. Brota, de aquel encuentro, un pacto de liberación. Yahveh asume la tarea de acompañar al pueblo peregrino.
El Dios cercano, el de sus padres, va a caminar con ellos. El nombre del Dios eterno quedará guardado, como un tesoro invalorable, en la mente y el corazón de los israelitas. La historia de amor, maravillosa y complicada, con promesas e infidelidades, adquiere matices que van a trascender en el espacio, en el tiempo y en la vida de hombres y mujeres, humildes y piadosos. Como Ayer y hoy. Algunos de los atributos divinos, que subrayan los versículos de los salmos son: la compasión y la misericordia. La dimensión antropomórfica de Dios despierta en el hombre de fe sentimientos de cercanía, confianza y seguridad en las acciones que desarrolla. Con el paso de los siglos, el nombre de Dios, impregnado en el corazón del pueblo elegido, perenniza una adhesión profunda en sus hijos. San Pablo recuerda las gestas divinas. Refuerza aquello que considera esencial.
La fidelidad a su santo nombre exige fortaleza: “El que crea estar firme, tenga cuidado de no caer”. Toda la visión panorámica de la historia de la salvación alcanza la cima de la plenitud con la presencia del Hijo de Dios. Jesús, el mismo, ayer, hoy y siempre. Un médico griego, de exquisita formación histórica y literaria, Lucas, destaca la sabiduría de quien provienen las enseñanzas que van a infundir en los hombres la urgencia de cambios radicales en su modo habitual de proceder. Jesús, cuando habla de la realidad a través de parábolas, remueve comportamientos y creencias. Describe el relato de la higuera sembrada en una viña que no da higos y que no puede continuar plantada. Sin embargo, el viñador intercede que la deje un tiempo más para que ofrezca los frutos apetecidos.
De lo contrario, el año siguiente sería cortada. En el nombre de Dios, demos frutos para continuar en la misión encomendada en el mundo.
