Las historias que el cerebro crea desde las neuronas narrativas

Galo Guerrero-Jiménez

El ser humano está constituido genéticamente para relatar historias indistintamente de su condición educativa, cultural y social; su grandeza humana se califica por el poder del lenguaje que emerge a cada momento desde una narrativa muy particular en cada persona para entrar en contacto con sus congéneres y con la naturaleza a través de la palabra hablada, en especial, contado una historia, conversando, preguntando, dudando, reflexionando, cuestionando, comentando y aportando con la originalidad creativa de su lenguajear.

En definitiva, el cerebro humano viene ya estructurado narrativamente, como una de las fortalezas, quizá, la más exquisita para comunicarse comunitariamente, e incluso consigo mismo, a través de cortos o largos monólogos de pensamiento que construye su yo, cognitiva y lingüísticamente, desde que nace, hasta que, con el tiempo, aprende a construir una tonalidad que, narrativa y significativamente, aflora para monologar, conversar, filosofar, fantasear, entretenerse y educarse a su manera, o desde la educación formal, contando historias desde un  estilo muy personal que su lenguajear cognitivo le permite emitir con toda la profundidad lingüística  que le sea posible, o desde la superficialidad de su formación, para decir cómo funciona el mundo en general y su mundo en particular.

En otras palabras, tal como señalan Hiatt y Miller, son las neuronas las que “forman narrativas, y nuestras narrativas determinan cuán exitosos somos al alcanzar nuestras metas. La narración es una función del modo en que nuestro cerebro concibe y representa la realidad, y nuestros resultados dependen en gran medida de cuán buena es nuestra narrativa. (…) Las historias son el centro de cómo pensamos y trabajamos los humanos en el mundo. Confiamos en las narrativas para dar significado y así poder actuar de manera significativa” (2023); o también, contando historias de escasa utilidad, de poca validez axiológico-estética, o nada significativas, dada su trivialidad y, por ende, sin ningún resguardo estético-ético-educativo.

Pues, el contexto socio-ecológico, antropológico-cultural e incluso familiar, dependen mucho a la hora de actuar narrativamente. “Los mitos y las historias de los orígenes, por ejemplo, son intentos de establecer que algo es verdad ahora porque sucedió otra cosa antes. De igual manera, la ciencia y la resolución de problemas son sencillamente formas de narrativa” (Hiatt y Miller, 2023) que pueden ser muy creativas, eficaces, eficientes, productivas y, ante todo, encaminadas a fortalecer nuestra grandeza humana, y ya no solo desde una narrativa eminentemente oral, hablada, conversada; sino, desde otras ópticas que la historia humana ha logrado crear, como el de la educación desde la lectoescritura a través de la tecnología de la imprenta que ha potenciado el desarrollo humanístico-cognitivo, lingüístico y estético de la creatividad ficcional a través de historias escritas desde la literatura y las artes en general que se han distinguido para leerlas, bien desde la potenciación de su narrativa, la poética, la dramática, el ensayo y/o la filosofía que dan fe de las virtudes y de las miserias humanas psico-sociológico y culturalmente formuladas en su historicidad y en su narratividad.

 Y, en esta era digital, con la tecnología virtualizada que es capaz de crear otras narrativas, como el de la investigación científica a través de la inteligencia artificial que, según la opinión del papa Francisco (2025): “Se trata de un instrumento extremadamente poderoso que se utilizará cada vez más en innumerables áreas de la actuación humana, de la medicina al mundo del trabajo, de la cultura, a la comunicación, de la educación a la política, destinado a influenciar profundamente nuestra manera de vivir, nuestras relaciones sociales y quizá incluso la manera en que concebimos nuestra identidad”, con narrativas sobre el destino de nuestra civilización.