Cuentos y leyendas de mi tierra: El ángel que protegió a los guayacanes dorados

Paisaje de Zapotillo con árboles de guayacanes dorados en floración, bajo un cielo nublado.
Guayacanes que cubre de amarillo a Zapotillo cada año.

En el extremo sur del Ecuador, a 320 kilómetros de Loja y 186 de Machala, se levanta el cantón fronterizo de Zapotillo, un territorio envuelto en historias, tradiciones y paisajes que despiertan la admiración de quienes lo visitan. Una de las leyendas más conocidas es la del “ángel que protegió a los guayacanes dorados (oro)”.

Historia 

Las leyendas que perduran en los pueblos trascienden entre generaciones. “Don Pepe” como es conocido Silvio Guamán del cantón Zapotillo, un ciudadano de 80 años de edad, relató en exclusiva a Diario Crónica, una de las leyendas que identifica a la parroquia Mangahurco.

Con una extensión aproximada de 40.000 hectáreas de bosque seco, uno de los fenómenos más esperados del año es la floración de los guayacanes, un espectáculo natural que tiñe de amarillo las llanuras y colinas del sector durante siete días.

Detrás de esta maravilla existe una antigua leyenda que explica su origen y significado.

“Margarita, guía turística de la zona, relató que, en los albores de la creación del universo, una lluvia dorada cayó sobre “Orecillas”, actualmente conocida como Mangahurco —nombre que en lengua ancestral significa olla rodeada de cerros. De esa lluvia celestial brotaron árboles gigantescos, cuyas raíces, troncos y hojas brillaban como el oro”, explicó.

Durante siglos, aquellos majestuosos árboles resistieron tormentas, plagas y la presencia de enormes criaturas prehistóricas como los dinosaurios. Sin embargo, con la llegada del ser humano, la ambición por el metal precioso condujo a su tala indiscriminada.

Ante la inminente desaparición de los árboles dorados, Aletia, un ángel de los tiempos de la creación, lanzó un hechizo sobre el bosque: transformó su apariencia resplandeciente en una forma natural y les otorgó el don de florecer una vez al año, durante siete días, en memoria de la “pelea de los siete siglos o la guerra de los siglos de oro”.

“Al no tener ya la riqueza deseada, los hombres de la época abandonaran el lugar y los guayacanes empezaron nuevamente a desarrollarse”, añadió.

Desde entonces, el prodigio se repite cada temporada, cuando los guayacanes renacen para cubrir los campos de Zapotillo con un manto amarillo que simboliza esperanza, vida y resistencia.(I).